jueves, 23 de abril de 2009

BEATA MARÍA DE JESÚS CRUCIFICADO PETKOVIC(1892-1966)






















Fundadora de las Hijas de la Misericordia








La madre María de Jesús Crucificado nació en Croacia y murió en Roma. María Petković - Gaetano Passarelli

MADRE MARÍA DE JESÚS CRUCIFICADO
(1892 1966)

HIJAS DE LA MISERICORDIA

El cielo estaba límpido aquel 10 de diciembre de 1892: un fuerte viento del norte barría la isla de Korčula y las casas de Blato parecían tantas ovejas transidas de frío.

El campanario había tocado hacía poco las 10 horas cuando un muchacho, corriendo, atravesó la plaza. Al entrar en la iglesia, la encontró desierta. Miró a diestra y a siniestra, y luego, con paso ligero, se dirigió hacia una columna junto a la cual, de rodillas, con la cabeza inclinada y el rosario en las manos, estaba un hombre.

El muchacho se le acercó sumisamente: "Don Antonio", le dijo en voz baja, pero el hombre pareció no escucharlo, tan absorto estaba.

Antonio Petković Kovač, envuelto en el manto negro, parecía aún más imponente. Los espesos mostachos negros daban a su figura un cierto aire de una persona huraña. Pero no era esto lo que atemorizaba al muchacho: aquel hombre era el más rico propietario de la isla de Korčula y tenía bajo su dependencia alrededor de setecientos campesinos.

"Don Antonio, Don Antonio", repitió el joven; y al final le tocó el hombro.

Finalmente se volvió el hombre con aire interrogativo.

"Una niña, una niña, Don Antonio...", le dijo muy agitado el muchacho: "¡venga, arriba, que lo esperan!".

Sus ojos se llenaron de lágrimas: "¿Es sana?", le preguntó.

El muchacho asintió; al menos así debía ser, ¡porque no le habían dicho nada!

Antonio, con un gesto de la mano, le hizo entender que se fuera: "Di que iré dentro de poco", agregó luego con su voz de barítono.

El hombre sentía la necesidad de detenerse para agradecer al Señor por haberlo alegrado con otra hija: "Pero, Señor, ahora, no te la lleves", suplicó; luego, volviéndose hacia la estatua de la Virgen Madre de Dios, la miró con ojos implorantes y comenzó a decir un Ave María recordando a sus seres queridos comenzando por su primera esposa, que le había dado a Elena y Catalina.

"¡Elena, Elena!", suspiró el hombre y casi lloraba. "Así lo has querido, Señor. ¿Qué puedo decir? Que se haga tu voluntad", susurró resignado. Acontecía que de vez en cuando su pensamiento iba a esa hija: contra su voluntad ella estaba por ingresar en Pola en la Congregación del Sagrado Corazón porque quería ser monja.

Después, recordó a María Marinović, su segunda esposa, que le había llenado la casa con seis hijos, pero tres se los había llevado el Señor en su tierna edad.

"Pero ahora, basta, te lo ruego", suplicó fervorosamente Antonio, déjame esta hija... Madre, Madre mía: la llamaré María, en honor tuyo que se recuerda hoy en Loreto...".

Y el amor de Antonio por esta hija fue particular; como, por lo demás, María, desde pequeña, consideró la más grande gracia el haber recibido en don un padre como aquel. Después del Señor, él era su ideal que, con gran respeto, amaba como una cosa sagrada, porque era tan bueno y caritativo para con los pobres; porque era tan silencioso e inmerso en sus pensamientos; tan sencillo y amante de la verdad.

La riqueza nunca se le había subido a la cabeza a la familia Petković, especialmente a Antonio; esto es tan cierto que junto a una profunda religiosidad tenía una gran atención con el prójimo.

Dos figuras, en efecto, habían dejado su huella en la familia: el padre de Antonio, el abuelo Francisco y su hermano, el tío Don Marcos: un sacerdote muy famoso y sabio, que había enseñado teología en Venecia.

Don Marcos había fallecido imprevistamente en la ciudad de Korčula y los franciscanos habían acompañado sus restos hasta Blato. En aquella ocasión el abuelo Francisco les dijo que las puertas de su casa estarían siempre abiertas cada vez que fueran a Blato, para que pudieran permanecer y sentarse a la mesa como en su convento. Y como en Blato no había ningún convento, cuando llegaban iban directamente donde la familia Petković. Por tanto, sacerdotes y frailes tenían en la casa de Antonio dos o tres habitaciones reservadas. Así, en el recuerdo de María no sólo quedaron sus enseñanzas y algún paterno estímulo, sino también el haber estado en brazos o sobre las rodillas de santos predicadores y limosneros.

María era una niña precoz, gentil y graciosa, de una viva inteligencia. Era de tez particularmente clara, cabellos dorados y la mirada límpida y penetrante. Tuvo también la buena fortuna de tener una memoria tenaz, que hundía sus raíces en su más remota infancia. Recordaba, en efecto, que una vez -debía tener menos de un año-, sin pañales, se encontraba en la cama de sus padres y gateando, se había acercado al borde, donde se quedó mirando a su hermana Ivica, que peinaba a la mamá.

Reparando en ella, la mamá lanzó un grito a Ivica: "¡Mira, la pequeña se puede caer; tómala y ponla en la cuna!".

Pero a María no le gustaba ser llevada a otra habitación y puesta en la cuna porque se cerraban las ventanas, para que, en la oscuridad, pudiera dormirse más fácilmente.

Ivica la tomó en brazos y la puso en la cuna, y, para no hacerla llorar, encargó al hermano menor que la acunara. Este, atado un cordón a la cuna, lo tiró tan fuerte que la hizo darse vuelta. Al oír los gritos de la niña, acudió su hermana, volvió a colocar a la pequeña en la cuna y zurró al hermano. María, asustada, observaba, y era tanto el miedo a ser castigada, que no lloró más.

Se acordaba también de su abuela Jela, de su enfermedad y del funeral: con sus pequeñas manos juntas la habían hecho acercarse al féretro, enseñándole el Ave María.

Ya niña, vivaz y curiosa del mundo que la rodeaba, le gustaba ir donde una joven que prestaba servicios en su casa. Quería ir donde ella porque le fascinaba ver el pavimento de piedra de aquella pobre casucha y porque aquella joven le contaba la vida de los santos. A menudo se detenía a recitar el rosario con ella y se daba cuenta de que era diferente de cómo lo recitaban las tías María y Katina, aunque eran muy devotas.

La curiosidad estimulaba su atención hasta que una tarde, tal vez porque ya era más grande o tal vez porque aquella atención, con la ayuda del Señor, se estaba transformando en una fineza espiritual, percibió las monótonas palabras de las tías como algo mecánico, todo un bla, bla, bla hecho de palabras que no lograban subir hasta la Majestad Divina.

Y en su alma de niña se preguntó cómo el Señor pudiese prestar atención a aquel balbuceo exánime, sin entusiasmo. La reflexión que iba haciendo a medida que crecía la llevó a la convicción que al Señor no le agradan las oraciones cuando son recitadas distraídamente, solamente con la boca; cuando son pronunciadas solamente con los labios, sin ni siquiera pensar en lo que se dice.

Ya más grande, no se cansaba nunca de poner este ejemplo a sus Hijas espirituales, a quien le pedía hablar de la oración, concluyendo siempre: "Si habláramos de un modo semejante con una persona cualquiera, sin saber lo que decimos, en verdad que esa persona se ofendería. ¡Cuanto más la Divina Majestad! ¡Pero Él es también un Padre misericordioso y a sus hijos que se arrepienten perdona su ignorancia!".

Durante el primer año escolar, con ocasión de la festividad de San José, su padre la llevó a Vela Luka -el puerto de Blato- para pasar un poco de tiempo en compañía de su primita Jelka. Pero al día siguiente María se enfermó gravemente. En varias partes del cuerpo tuvo evidencias hemorrágicas. Ella observaba con cuánto temor y estupor todos se interrogaban, ¡incluso el médico! Por lo demás, le sobrevino una enfermedad articular que no le permitía usar sus piernas. Transcurrieron así dos o tres meses en un grave estado de enfermedad. Apenas convaleciente la trasladaron a la casa paterna, pero muy a menudo sintió dolores a las piernas.

Esto se prolongó durante todo el período de la escuela elemental; para evitar que los demás se dieran cuenta de sus sufrimientos, se apartaba. Con frecuencia, mientras los otros niños o sus hermanos brincaban alegremente, se veía obligada a permanecer recostada en el diván. Le sucedía bien seguido que en la tarde, para ir a dormir, no tenía fuerzas para subir con los propios pies al piso superior, sino que debía ser llevada en brazos.

Tal forma de menoscabo no produjo en ella, sin embargo, ningún impulso de envidia frente a sus hermanos o a los demás niños, sino más bien una madura forma de resignación que la empujaba a la reflexión.

María recordaba también el regreso de su hermana monja, cuando cursaba el quinto año elemental. En aquella ocasión, había copiado para ella oraciones en lengua croata, como el Via Crucis, porque en Italia rezaban todas las oraciones en italiano.

En su memoria habían quedado también las últimas palabras pronunciadas por Sor Gertrudis, antes de volver a Italia: "¡Oye, no nos volveremos a ver más! ¡Hasta volvernos a ver en el paraíso!". En efecto, no la volvió a ver más, porque murió con sólo 33 años, con fama de santidad, a mediodía de la fiesta de la Asunción, como ella misma había predicho.

Pero no se crea que María no haya tenido algún destello de vanidad propia de las adolescentes.

Todos le decían que era una niña bonita y el espejo no le negaba la verdad. A los dones de la naturaleza María sabía añadir aquel toque de femineidad que la volvía fascinante. Escogía con atención los vestidos: debían ser elegantes y a la moda; y cuidaba mucho sus cabellos.

Un día, sin embargo, con ocasión de un baile entre personas de familias conocidas, se desilusionó profundamente, porque ningún jo-ven se le había acercado para invitarla a bailar. Fue una decepción tan aguda y dolorosa que comenzó a vestirse de una manera sencilla y modesta: "¿Para qué esforzarse tanto si después el resultado es el mismo?".



II

Al terminar la escuela elemental, María no dejó de desear vivamente una gracia: poder ingresar en algún colegio.

En Korčula, las religiosas Dominicas habían abierto un colegio y los padres de algunas de sus compañeras habían decidido enviarlas allí por uno o dos años para continuar sus estudios, porque en Blato no había ni un colegio ni una escuela media.

Dentro de sí, María estaba triste al ver a las demás ir al colegio, mientras que a ella no le era permitido. Sus compañeras, además, ni siquiera tenían ganas de ir. El estudio no les atraía, mientras que a ella le gustaba estudiar y ojalá permanecer en el Instituto... para siempre.

Pero Antonio temía perderla también a ella como la hija mayor. Por eso no desistía de la decisión de no mandar a ninguna de sus hijas a estudiar en los colegios por miedo de que se hicieran religiosas.

Quería que fuese costumbre de la familia que, al término de la escuela primaria los hijos varones continuasen los estudios superiores en Viena o Zagreb, mientras que las mujeres debían dedicarse a la música o a la costura y al estudio privado en casa.

Esta decisión le cortaba las alas a cualquier esperanza, pero, como amaba mucho a su padre, sufrió en silencio. Pero una vez hizo algo bastante placentero y él, que también la quería mucho, le dijo: "¡Pídeme lo que quieras y te lo daré!".

En aquel momento la mamá pasó cerca y María, sin hablar, con un gesto le pidió consejo. El único deseo de María era el de poder ir al colegio. Y la madre, habiéndole leído en el corazón, le respondió: "¡Pídeselo!".

María, entonces, le dijo: "Papá, ¡déjame ir al colegio!".

El padre la miró y con profunda tristeza, le dijo: "¿Tienes realmente ganas de dejar a tu padre?".

Estas palabras la hirieron profundamente, pero insistió: "¡Déjame ir al menos por un poco de tiempo, para que pueda estudiar y educarme como las demás, a quienes sus padres han dejado ir!".

"Si, María, pero no tienes necesidad de ser educada mejor de lo que eres; a ti el colegio no te sirve".

Se sintió halagada, pero sin embargo trató de aprovechar el momento: "Pero soy yo quien quiere ir; ¡por favor, déjame!".

Antonio la miró y, conmovido, replicó: "¿Serías capaz de irte y dejarme después que he puesto en ti mis esperanzas de consuelo y sostén?".

Ante estas palabras, María no volvió a insistir para no entristecer posteriormente a su padre, acallando en sí la desilusión.

Hay, sin embargo, un proverbio que dice: el hombre propone y Dios dispone. Y allí donde parece impedida cualquier esperanza, 'se abre una posibilidad.

En efecto, después de pocos meses, llegaron a Blato las Siervas de la Caridad, pertenecientes a una Congregación de Brescia, y allí abrieron una Casa con la anexión de una escuela para niños y para las jóvenes que habían cursado los estudios elementales.

Antonio, entonces, le permitió que fuese solamente a su escuela, pero no que habitara con ellas: después de clases debía volver regularmente a casa.

María, en luto por la muerte de su hermana Jela (Sor Gertrudis), iba diariamente a la escuela y después volvía algunas tardes para estudiar el italiano y para aprender bordado.

Así, María recibió una buena educación no sólo cultural, sino también moral. Tuvo sobre todo la posibilidad de observar de cerca la vida religiosa y las costumbres de la vida monástica, por la que comenzaba a sentirse atraída.

En aquel tiempo, los niños no eran admitidos a la primera comunión antes de los doce o trece años, de modo que María tuvo que esperar sus doce años, luego que su mamá le diera su consentimiento.

Ya desde largo tiempo, María nutría un fuerte deseo de Jesús y de conocer las cosas sagradas; por eso estaba muy contenta al saber que podía seguir las lecciones de catecismo directamente del párroco, Don Pedro.

La alegría de María, sin embargo, duró bien poco porque su madre, de acuerdo con el propio confesor, Don Jerko, decidió no enviarla al catecismo junto con los demás niños, sino hacerla estudiar en casa, sola. Concluyeron que bastaba enviarla solamente la última semana, para que Don Pedro la examinara.

"Puedes estudiar en casa, sola", le dijeron.

Esta frase provocó en su espíritu el efecto de un golpe de cañón que destrozaba todas sus expectativas y sueños.

María no respondió, pero dentro de sí no sabía cuál era la razón: ¿Tal vez su mamá quería que comenzara a distinguirse de aquellos chicos traviesos que antes del catecismo corrían por la plaza, o bien simplemente porque quería que la ayudase en las labores de la casa y en el cuidado de los hermanos más pequeños?...

Su casa se encontraba a poquísima distancia de la iglesia y cuando los oía corría a la ventana para verlos. Después, hacia el mediodía, salía para ir a comprar el pan donde Tomás; al pasar cerca de la iglesia oía las voces de los niños y del sacerdote, y se lamentaba, diciendo: "¡Qué afortunados son estos niños! ¡Si fuese pobre, yo también tendría esta suerte de asistir cada día y escuchar la enseñanza para la comunión!".

Y como acontece a menudo, al oprobio se agrega la burla. Así, un día tuvo que tragarse una severa llamada de atención de parte de Sor Desideria por su ausencia del catecismo.

La religiosa la acusaba claramente de ser soberbia porque no asistía junto con los demás.

María nada dijo para justificarse. Entristecida, le había besado el crucifijo que caía sobre el pecho de la religiosa y se había arrancado para desahogar en un ángulo remoto de la casa toda su pena. Finalmente llegó aquella feliz y tan esperada última semana que precedía a la primera comunión.

María contaba con el hecho de poder, al menos en aquellos pocos días, escuchar las lecciones del párroco, pero su madre, el primer día, la amonestó severamente para que se hiciera interrogar de inmediato por Don Pedro. Para este fin debía sentarse en la primera fila con el objeto de hacerse notar por él. Ubicarse en el primer banco delante del sacerdote era señal de que uno se sentía preparado para el examen.

María sabía que a los demás niños se les había enseñado el catecismo con "ejemplos prácticos", mientras que ella había estudiado las fórmulas de la doctrina y temía que este hecho la habría expuesto al ridículo, pero no se le pasó por la mente desobedecer a su mamá: para ella, la obediencia era sagrada; era como si hablase Dios mismo.

A su llegada delante de la iglesia, de inmediato fue rodeada por los demás niños quienes la miraron de un modo extraño porque tenía en las manos el libro del catecismo.

Permaneció tranquila y se fue derecho a la iglesia, sentándose en la primera fila, como se le había ordenado.

El sacerdote comenzó a interrogarla siguiendo el método de los "ejemplos prácticos" utilizados por él, mientras que María le respondía siguiendo cuanto había aprendido del libro.

El párroco quiso ver su libro y le dijo: "Eres una niña inteligente;, te daré este libro de 'explicaciones prácticas' y tú, en estos dos o tres días, lo estudiarás para que completes tus conocimientos".

Ella se sitió muy feliz y se preparó con gran recogimiento para la primera comunión.

Finalmente llegó el día tan esperado y que siempre recordaría durante su vida, porque desde aquel día crecía y ardía en ella cada vez más la llama de amor por Jesús.
Leía de buena gana la vida de los santos. De una manera particular, le entusiasmaban las palabras de Jesús contenidas en el santo Evangelio.

En su habitación había hecho un bonito altar donde había colocado un cuadro con la imagen del Sagrado Corazón, tomado de la habitación de su mamá, y ahí, cada tarde, terminaba las oraciones rogándole que la ayudara a entrar en el colegio.

Todas las mañanas se levantaba temprano, antes que sus familiares, para dedicarse a sus ejercicios de piedad, luego iba a la parroquia para escuchar la Misa y recibir la Eucaristía.

Puesto que había entrado a formar parte de la asociación de las Hijas de María Inmaculada y del Buen Pastor, por la tarde se encargaba de la hora de Adoración Eucarística. Tuvo, así, la oportunidad de conocer a tantas otras jóvenes piadosas con quienes compartir el camino de amor hacia el Señor.

Pero en este período, aparentemente tranquilo, sucedió algo que puso en riesgo su misma vida.

Era el primer viernes de marzo de 1906. Aquel día, después de la santa Comunión, María se entretuvo un tiempo más largo en la iglesia para orar. De improviso advirtió un cierto malestar físico. De regreso a casa encontró a su madre un poco agitada debido al mucho trabajo. Para calmarla y consolarla, dijo: "¡Mamá, ahora yo me encargo de todo!".

Para terminar luego, empleó mucha energía y se cansó, lo que más tarde le desencadenó la enfermedad cuyos síntomas había advertido. Por modestia, ella no reveló a su madre su malestar de manera que cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde.

María recuerda solamente que había gozado de una paz infinita.

Dado que en casa se hospedaba, en aquel período, un predicador cuaresmal, el padre franciscano Tomás Vezić, de vez en cuando tenía un poco de tiempo libre y se turnaba con la madre y las hermanas que la cuidaban ininterrumpidamente. El, sentado cerca de su cama, rezaba, y una vez, secándole una lágrima, le preguntó en qué estaba pensando. María, entonces, le contó su deseo de ingresar en un convento, mientras estaba muriendo sin ni siquiera haber tenido la fortuna de ver uno.

Se pensaba, en efecto, que estuviese por morir, al punto que llamaron también a Don Jerko para confesarla. Era la víspera de la fiesta de San José.

Los médicos se desesperaban porque el corazón ya comenzaba a ceder y pensaron en un último intento con tres inyecciones que, en vez de esparcirse por su cuerpo y aliviarla, le provocaron hinchazones y dolores atroces. Sentía que el corazón le estallaba en el pecho.

En medio de la noche lentamente tomó del velador el frasquito con agua de Lourdes que Don Jerko le había dado, puso un poco sobre los labios y sobre las hinchazones. Tanta era su fe que le pareció sentirse rápidamente mejor y se adormeció.

A la mañana siguiente, temprano, llegaron los dos médicos creyendo encontrarla muerta. En cambio ella, sonriendo, les hizo señas de que estaba bien. Entonces, entre ellos se pusieron a discutir, diciendo: "¡Mira, es el efecto de la inyección que le prescribí!".

"¡No fue la tuya, sino la mía!", replicaba el otro.

No sabían que sus inyecciones no habían funcionado para nada. Después, su madre les refirió las dificultades de aquella noche y todos se convencieron de que la intercesión de la Bienaventurada Virgen María le había ayudado.

Después de veintiún días, la enfermedad había cesado.


III

Librándose milagrosamente de aquella grave enfermedad, María comenzó a no interesarse más ni por los juegos ni por las compañeras. Se había vuelto muy pensativa y una melancolía inexplicable le ocasionaba mucha tristeza en el corazón.

Por consejo de su confesor se puso a leer la Pasión de Jesús; la búsqueda de la soledad se transformaba en el pensamiento de entrar en un convento. A menudo, para no hacerse notar por su mamá, se acurrucaba detrás de la cortina de la ventana y allí leía libros espirituales que le daba Don Jerko, y buenos libros de literatura profana que le proporcionaban sus hermanas.

Un día, mientras ponía en orden la habitación de los Padres que se hospedaban en casa, halló sobre la mesa una breve biografía de Santa Rosa de Lima. Se puso a leerla de inmediato. Una gran alegría y emoción la invadieron al descubrir en aquella santa los mismos sentimientos que llenaban su espíritu.

Al salir de aquella habitación experimentó mucha felicidad por haber encontrado a una amiga espiritual. Desde entonces amó de una manera especial a Santa Rosa de Lima y llevó su imagen siempre consigo.

Los domingos, cuando su mamá acompañaba a sus hermanas de paseo, pedía y obtenía quedarse en casa con su hermanita Milka.

Sus hermanas y hermanos, al ver su comportamiento un poco extraño, retirado, hacían de todo para distraerla, pero surtía el efecto contrario: María se aislaba cada vez más.

Un día, con su hermano Iván, fue a Babina, a su casa de vacaciones que estaba a orillas del mar. Se pusieron en camino por la mañana muy temprano, en el momento en que los primeros rayos caían y doraban el plateado rocío posado sobre las hojas.

María observaba atónita aquel espectáculo: esas delicadas gotas parecían brillantes que ondeaban con la caricia del viento. Pensaba que le habría disgustado si el viento las hubiese hecho caer a tierra: se habrían mezclado con el fango y después serían absorbidas. Pero si hubieran tenido la fortuna de permanecer en las hojas, el sol las habría atraído, transportándolas a las alturas para hundirlas en sí.

En aquel momento le pareció que alguien le estuviera haciendo entender que también su vida habría podido orientarse en ese sentido. Entonces, dijo a su hermano: "Iván, ¡mira esas gotas de rocío en las hojas! ¡Con ellas comparo mi vida! ¡Si, mi vida se parece a ellas! Si el viento sacudiese las hojas del Espíritu, podría caer por tierra y le faltaría ese maravilloso brillo de la candidez; la vida espiritual se rompería sobre el terreno. En cambio, si permanezco firme en mi puesto, puedo ser atraída por el sol de la caridad divina, me sumergiría en El y en Él viviría por la eternidad".

En Babina hizo largos y silenciosos paseos con Iván a la orilla del mar.

En aquellas ocasiones, una vez llegados fuera del valle, a los pies de la colina, decía al hermano: "Ahora nos separamos; tú vas a aquella parte de la cima de la colina y yo a la otra".

Su hermano la contentaba y la dejaba sola. Ella aprovechaba para sumergirse en los propios pensamientos, para observar el cielo y el mar, para contemplar a Dios al que anhelaba.

Luego de algunos días, su hermano la miró intensamente y le dijo: "Sabes María, estoy contento contigo, pero me temo que terminarás en un convento".

El 8 de septiembre de 1906, día de la Natividad de la Virgen María, con ocasión de la visita pastoral del obispo, María entró a formar parte de la asociación "Hijas de María", recibiendo la cinta con la medalla de la Virgen de manos de Mons. José Marčelić, obispo de Dubrovnik.

Ese día María fue escogida para pronunciar el discurso sobre la fundación de esta piadosa asociación y emitir, ella primero, el acto de consagración. Fue también escogida como secretaria de la asociación, y pocos años después fue su presidenta.

En aquel período, la asociación creció mucho, hasta alcanzar un número elevado de jóvenes inscritas, más de trescientas. Probablemente estas jóvenes, la mayoría campesinas, al ver a la cabeza de la organización a la hija de una de las primeras familias del pueblo, se consideraban honradas de formar parte de ella.

Mons. Marčelić, cumpliendo la visita pastoral, fue a la escuela de las Siervas de la caridad, donde María estaba haciendo un bordado de seda sobre un telar y se detuvo a observarla. Quiso ver todo el diseño y le pidió levantar las hojas de papel con que estaba cubierta la parte ya bordada. Se quedó tan asombrado que antes de irse quiso saludarla. Amablemente le puso la mano sobre la cabeza, alzó los ojos al cielo y la bendijo.

Fue en aquella circunstancia que María, teniendo la posibilidad de hablar en privado con el obispo, le confesó su propio deseo de ingresar en un convento y de consagrar su vida a Dios.

Desde entonces Mons. Marčelić comenzó a guiarla espiritualmente por correspondencia. Y una vez le ordenó tener un diario espiritual, es decir, anotar diariamente todo lo que le sucedía, lo que hacía, lo que experimentaba y lo que pensaba.

Su vocación, no obstante, se consolidó sobre todo con las palabras que Jesús dijo al joven: "Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, deja todo, reniégate a ti mismo, luego ven y sígueme" (Mt 19,21).

María se puso, entonces, a observar a sus hermanas amadas por sus propios maridos y su vida cómoda. Veía a las compañeras galantear. Se daba cuenta de cuanto bienestar se gozaba en su propia casa. Gozaba del afecto de sus hermanos, del amor especial de su padre. Un joven pretendiente se había presentado con cartas de petición de matrimonio, declarando que la habría esperado hasta que cumpliera la edad justa, aunque hubiera tenido que esperar diez años: su amor por ella era tan ardiente que la habría llevado en las palmas de sus manos como una reliquia.

La voz de Jesús, en cambio, le llegaba misteriosamente a sus oídos, repitiéndole: "Si quieres, deja todo, ven y sígueme".

En la expresión "si quieres", María percibía el ofrecimiento de amor de parte de Jesús; entendía que Jesús la pedía como esposa, pero, al mismo tiempo, entendía ser libre para escoger consagrarse a El para siempre o no. Justamente esta amable libertad fue lo que le permitió donarse a Él. Esta condición fue la que tocó y atrajo totalmente su corazón. Jesús la conquistó; la embelesó desde la Cruz: Sus llagas la obtuvieron como esposa.

Era el 21 de noviembre de 1906. Desde ese día renovó cotidianamente "su promesa de amor a su Señor, su voto de amor eterno".

Cuanto acontecía en su alma se reflejaba en su comportamiento. Una vez, mientras paseaba con su hermana, dos jóvenes pidieron permiso para acompañarlas. Uno de ellos era el pretendiente de su hermana Jakica, que después fue su marido, mientras que el otro era un primo lejano que quería casarse con María.

María les hizo ver de inmediato que ya tenían un programa al que atenerse durante el paseo, porque en casa les esperaba un trabajo bien diferente. Les dijo: "Debemos rezar el rosario, hacer la lectura espiritual y estudiar la lección de italiano. Si quieren rezar con nosotras, quédense; de lo contrario, nada de conversaciones".

Ambos se miraron estupefactos, pero animándose le preguntaron el motivo de su modo de vivir tan retirado. Ella no respondió directamente, pero mientras iban de camino les habló de Dios y del convento con tanto entusiasmo que ellos exclamaron: "¡Ah, si fuera tan bonito, también nosotros nos iríamos a un convento, pero a nuestro parecer, un convento así no existe, a menos que tú fundes uno!".

Pareció ser una contraseña porque desde entonces, nunca más se atrevieron a acercarse a María ni durante los paseos ni en otras circunstancias.

María fue durante varios años a Babina, permaneciendo allí un par de meses. Las primeras veces fue con su padre. Durante el viaje su padre estaba callado porque rezaba el rosario. También durante la permanencia en Babina, habitualmente era silencioso; pero a veces se le sentaba a su lado y le leía algo, mientras ella hacía labores de punto.

En Babina fue donde María pudo tocar de cerca la gran bondad y piedad de su padre para con las pobres familias del lugar, que justamente él con su difunto tío Don Marcos habían instalado allí, construyéndoles pequeñas casas.

Apenas llegaba, lo primero que hacía era enviar a cada familia, a través de María, alguna ayuda. La primera vez, María objetó que fuese justo preparar primero su almuerzo y después pensar en aquella gente. Su papá le había dicho: "¡No, primero están los pobres!".

Cada día reunía a los niños y les distribuía galletas. Al atardecer, desde el balcón de la casa, llamaba a todos: "¡Oigan!, queridos amigos, vengan a rezar el rosario".

Y la gente acudía, tanto que llenaban la casa. El, con la corona en la mano, rezaba devotamente, luego se quedaba para conversar o enseñarles algo.

Bien pronto María encontró que aquellas estadías en Babina eran provechosas no sólo para dedicarse a su espíritu y también para instruir a los niños; y empezó a hacerles clases de la escuela elemental y de catecismo.

Llegó, pues, a ser un empeño preciso preparar a aquellos niños también para la primera Comunión. Cuántos tiernos episodios se podrían narrar sobre la ingenuidad de esos pobrecitos... Viviendo en aquella soledad paradisíaca, se maravillaban de todo, en particular de los libros, pero en poco tiempo, dos meses máximo, aprendían todo lo que comúnmente se estudiaba en tres o cuatro años en la escuela elemental.

Se quedaban muy sorprendidos al ver una estampa toda pespunteada con la figura de Jesús o de la Virgen o de los santos, de que María les hablaba; era tanta su alegría que cualquiera, al verlos tan asombrados en torno a aquella estampa, se habría conmovido.

Cuando la "señorita María", como la llama-ban, permitió que llevaran a su casa una estampa que representaba al Niño jesús, para que la vieran sus padres, se formó una procesión. Así como al día siguiente, todos juntos, en procesión, acompañaron aquella sagrada imagen hasta la escuela. El muchacho que la llevaba, se comportaba con tal dignidad, que parecía un sacerdote cuando sostiene el Santísimo Sacramento.

Cuando María llevó a doce de ellos a Blato para la primera comunión, permanecían mudos y turbados ante la belleza de la iglesia parroquial de Todos los Santos, y se comportaban como tantos angelitos hasta el punto que no pasaron inobservados. En efecto, apenas hubo terminado la liturgia, el párroco Don Pedro había llamado a María a la sacristía y le había dicho que, según él, la cosa mejor era que llevara de inmediato esos niños a Babina para que no los distrajeran o, peor, que los del lugar se burlaran de ellos. Por este motivo, después de almuerzo, los acompañó de Prigradica a Babina en una barca.



IV

El 16 de abril de 1911 falleció Antonio, su amadísimo padre. Ya cuatro años antes estuvo por morir. En aquella circunstancia, sus hijos no lograban entender la razón ni aceptar que tuviese que morir, habían implorado al Señor que lo hiciera vivir otro poco.

Antonio, moribundo, les había consolado y, llamándolos a su lado para bendecirlos, como el justo Jacob, les había dado las últimas admoniciones y recomendaciones. Sin embargo, el Señor había escuchado sus oraciones.

Desde entonces, María lo había atendido amorosamente. Aún más, su padre quería que fuese precisamente ella a atenderlo, aunque los otros hijos se ofrecían de buena gana.

Cuando se encontraba en la escuela con las religiosas, esperaba hasta que volviera para que le prestara algún servicio. El motivo era que María intuía de inmediato cuando él quería algo, ya que nunca pedía nada.

Tenía una gran consideración y estima por sus propios hijos. Nunca les había impuesto algo corno una orden, sino pidiendo o actuando sobre sus sentimientos. Nunca los había reprendido alzando la voz; bastaba una mirada.

Todo esto influyó fuertemente en ellos. Por este motivo, una vez María se había dirigido a su hermana Kata y le habíá preguntado: "¿Cómo es eso que cuando me equivoco, con una sola mirada de papá no puedo ni siquiera comer bien durante dos días seguidos; en cambio, si mamá me regaña no me aflige, sino que la cosa se me hace odiosa? ¿Cómo es eso?".

Después del fallecimiento de su padre, en quien siempre encontraba comprensión, la vida para María se volvió un poco más difícil. Probablemente el Señor quiso ponerla a prueba.

En particular, su madre llegó incluso a perseguirla a causa de su rechazo de tantas excelentes propuestas de matrimonio. En efecto, unos nueve serios y ricos pretendientes la habían pedido en matrimonio. A siete de estos pretendientes no fue difícil rechazarlos, ya que nunca se habían atrevido a declararse personalmente: le habían enviado cartas de amor en forma de poemas, llenos de seductoras promesas y declarando que, en caso de rechazo, no habría habido vida para ellos.

Al comienzo, María las leía, después miraba solamente el remitente y las
echaba al fuego, al no saber que, según la buena educación, había que responder incluso en caso de rechazo. Aprendió esto una vez cuando recibió una de esas cartas en presencia de su hermano Iván y ella estaba por echarla al fuego. Iván le había tomado la mano impidiéndoselo, y le había explicado que su comportamiento era equivocado: aunque no aceptara, tenía el deber de responder y agradecer.

María obedeció y se puso a responder -con dos fórmulas diversas: a quien le escribía de fuera del pueblo, le decía que había llegado ¡tarde, porque ya se había comprometido!

Naturalmente quería decir, sin especificarlo, que se había comprometido con Jesús. A los del lugar, en cambio, escribía que no tenía intención de casarse.

Un día, uno de los pretendientes -un médico- fue a su casa. María no quiso ni siquiera entrar en el salón donde su madre lo había hecho sentar. Entonces él, saliendo, la vio que preparaba la mesa para la cena; le pidió permiso para saludarla, preguntándole si había esperanza de un encuentro entre ellos. Ella respondió: "No", y agregó: "En caso que, como médico, me tuviera que encontrar en un hospital como enfermera, ¡finja no conocerme!". El joven se fue muy triste.

Algunos se sirvieron incluso de la intervención del obispo para que los recomendara y dijese alguna palabra para convencerla, seguros de que ella, como persona devota, habría escuchado su consejo. Más tarde, el obispo le había contado que les había respondido diciendo: "¡Dejen en paz a esa joven!".

Otro se había dirigido al párroco, Don Pedro. María no pensaba que el párroco pudiese hacerse intérprete de la intención del joven y con firmeza le rogó que no volviera a hablarle de esas cosas y de hacer saber a los eventuales pretendientes que no quería saber nada de eso.

De esta manera le había resultado fácil "confundir" a los siete; pero con otros dos fue dura, bastante dura, porque muchos se habían interpuesto, a comenzar por su madre, y luego sus cuñados, tutores, etc.

Sin más, uno de estos últimos pretendientes, para obtener su consentimiento, se había apresurado a construir una casa, y todos le hacían notar su belleza; y ella respondía puntualmente con indiferencia: "¡Qué me importa!".

Y no terminó allí; el sujeto tenía dos hermanos bastante ricos y sin hijos; por eso, sirviéndose siempre de su madre, le prometieron dejar todo en herencia a ella, que incluso habría podido escoger la ciudad donde vivir.

Su madre le suplicaba que no tirara por la ventana la posibilidad de ser rica y feliz con aquel buen joven. Pero visto que María no la escuchaba, comenzó a reprenderla y a herirla moralmente. Una vez, no pudiendo ya soportar el regaño de su madre, le dijo: "Y bien; si ese sujeto es tan bueno, adóptenlo ustedes y quédense con él; déjenme a mí ir por mi camino, porque de esta manera no obtendrán nada; me quitan la vida: ¡así no puedo vivir!".

La pobrecita se sentía como un pajarillo indefenso; comenzó a adelgazar y decaer. Entonces, los hermanos y los cuñados hicieron lo posible para demostrarle su afecto: quisieron hacerla viajar para que se distrajera y se despertara en ella algún interés por la vida mundana.

Una tarde, después de cena, María se había retirado a su habitación mientras que todos se habían quedado para discutir sobre lo que había que hacer para distraerla y sobre cómo deberían comportarse ante ella, y habían concluido que, en general, las cosas prohibidas son las que más se quieren; si, en cambio, no se prohiben, interesan menos.

Una sirvienta, presente en esta conversación, le había referido todo, añadiendo que habían llorado por el hecho de que quería irse al convento. Tuvo la confirmación a la mañana siguiente, cuando su hermana Jakica la abrazó y estalló en lágrimas, y vio triste a Iván.

Este hermano la quería mucho y ella le correspondía, porque también él era desprendido de las vanidades de este mundo y pensaba más bien en cómo contribuir a la instrucción y necesidades de los pobres. Así, María sintió cuán poco bastase para entristecer a quien se quiere mucho.

La última treta la urdieron su hermano Frano y su hermana Jakica. La invitaron a un viaje junto con ellos. María no sabía el motivo de dicho viaje, pero no se sorprendió, ya que tenían permiso para un viaje al año. Habitualmente María aprovechaba esta ocasión para detenerse en algún convento; pero esta vez era con compañía, por eso se hospedaron en un hotel de Split. Mientras estaba sentada a la mesa del hotel junto con sus hermanos, he aquí que se presentó un sujeto. María creyó que se tratase de una casualidad y nada más, sin sospechar del complot. Cuando de improviso llegó de Sinj un automóvil enviado por el hermano del sujeto para recogerlos. De inmediato se rebeló, pero no pudo escapar y tuvo que ir con ellos porque le dieron a entender que el hermano de aquel señor se habría sentido ofendido si hubiese rechazado la invitación después que había enviado el vehículo desde tan lejos.

A María no le agradó que el fulano viajase con ellos en el mismo vehículo, y al oído le preguntó a su hermano el motivo.

"En el fondo, el automóvil es de su hermano —le respondió Frano— y él viene con nosotros para hacerle una visita".

Cuando llegaron a casa de aquel señor, fueron acogidos con mucha cortesía y María muy pronto se sintió el centro de la atención. Prepararon una carroza para un paseo. María estaba convencida de que irían todos juntos; en cambio, cuál no fue su sorpresa al ver que la habían dejado sola con el fulano. Atemorizada, preguntó a dónde se dirigían; éste la tranquilizó diciéndole que iban a visitar las posesiones de su hermano, y durante el trayecto le iba mostrando los prados, las colinas, las casas, los caballos, como queriendo decir: ¡mira, todo esto será tuyo; basta que quieras! Pero ella miraba sin ver. Al regreso todos le preguntaron si le había gustado lo que había visto, y ella respondió: "Sí, solamente los caballos".

De regreso en casa se presentó otro pretendiente, sobrino del marido de su hermana Kata. María creía que habría sido fácil rechazarlo, como había hecho con los demás, pero no fue así, porque tuvo que luchar contra su cuñado, su hermana Kata y contra todos sus parientes juntos.

Cuando vino a casa de su madre para pedir-la como esposa, María sonrió mostrándose indiferente, como si el hecho no le concerniese. El pobrecito se sintió intimidado hasta el punto de no tener la valentía de pronunciar una sola palabra. Así, volvió una segunda y una tercera vez, y cada vez sucedió lo mismo: al verla, sacudido por una fuerte emoción, no lograba hablarle, mientras que ella, con desenvoltura, lo saludaba preguntándole: "¿Cómo está tía Kata?", le enviaba saludos y, rápidamente se despedía con la excusa de tener que hacer. El se quedaba con la boca abierta y, entristecido, se iba.

María creía que así lo había liquidado. Pero su hermana Kata se había deprimido porque a su marido, que era muy rico, no le había dado un hijo y él quería adoptar a su sobrino si se hubiese casado con María.

La invitaron, entonces, a Brna donde le mostraron todos los bienes que habrían sido suyos. Le hicieron notar que todo había sido arreglado según sus gustos. Le mostraron incluso una bellísima habitación, lista para ella, con ángeles pintados en el cielo raso, porque sabían que le gustaban... y derrocharon promesas y lisonjas. Incluso se echó mano a la enfermedad de su hermana Kata y del suegro, postrado en cama, para convencerla apelando a su compasión.

Un día, el cuñado, teniéndola por la mano, comenzó a decirle: "Querida María, te hablo en nombre de mi sobrino, que se deshace por ti, a pedirte como su esposa; él, por intermedio mío, te hace saber que no está interesado en la riqueza, ni la tuya ni la mía, sino solamente en ti; se declara dispuesto a todo, hasta a mendigar un pedazo de pan por el mundo; ya nada le interesa, y esto es tan cierto que no tiene intención de casarse con ninguna otra, a menos que se vea obligado por nosotros; tan grande es su tristeza".

Después, llorando, continuó: "María, en tus manos está mi vida y la de tu hermana, que está obsesionada y afligida por tu causa. Mira; no tenemos hijos; ¡tú serías nuestra alegría y nuestra heredera!".

Ella no pudo hacer otra cosa que tomar tiempo. Sólo se puede imaginar el sentimiento de culpa que se produjeron en su espíritu por aquella situación trágica: hacía daño a todas aquellas personas solamente porque no quería consentir a las nupcias con ese sobrino que, en el fondo, sólo quería su felicidad.

Fueron pruebas tremendas, todavía más agudas por el hecho de que no podía expresar su decisión por miedo del contragolpe que habría podido sufrir su hermana.

A este punto, ¿qué podía hacer, pobrecita? Ya estaba firme en su decisión; aún más, estaba ligada por el voto perpetuo y día tras día esperaba el mejor momento para irse a algún convento, pero al no ser mayor de edad, no podía hacerlo sin el permiso del tutor.

Y, mira tú, los tutores eran justamente los dos cuñados.

Se hundió en una tristeza de ánimo semejante a la muerte. Se sintió sola; sin ninguna ayuda, como si también Jesús la hubiese abandonado.

En ese estado de profunda aflicción, golpeaba la cabeza contra la muralla, deseando desaparecer en ese momento: por una parte, no soportaba la idea de ser causa de ruina para la vida de otros; por la otra, quería ser libre para ir por su camino. Estaba consciente de "tener" que dar una respuesta decisiva y, por consiguiente, la espada habría atravesado los corazones de sus seres queridos.

Al final, se sentó y escribió su respuesta: "¡No tengo intención de casarme!".


V

Al igual que su difunto padre, María no simpatizaba con los ricos; no los tenía en gran consideración. Parecía tener corazón solamente por los pobres, pero no era libre para ir donde ellos: no podía ni visitarlos ni ayudarles abiertamente, porque su madre la regañaba. Le prohibía incluso frecuentarlos, si bien no siempre explícitamente; pero, cuando se lo prohibía le decía: "¡No debes ir!".

María no se atrevía a contradecirla para no pecar de desobediencia. El espíritu inflamado de la juventud la llevaba, sin embargo, observar y considerar todas las cosas desagradables de este mundo. Decidió, por tanto, huir para irse a un convento de clausura y hacer perder definitivamente sus huellas. En uno de esos momentos de exaltación quemó todos los documentos personales, sus apuntes espirituales, el diario e incluso las cartas que le había escrito el obispo...

Con gran ingenuidad se dirigió a su cuñado alcalde, quien, después de la muerte de su padre era su segundo tutor. Le dijo que si la querían bien, no debían atormentarla, porque no habrían obtenido otra cosa que se debilitara más; pero aunque débil, en secreto se iría a un convento de clausura.

El cuñado le pidió, entonces, permiso para confiar el asunto a su mujer Ivica para pedirle consejo. María aceptó, pero él no se lo dijo solamente a Ivica, sino que, por la tarde, en secreto, también lo contó a sus hermanos, quienes se entristecieron hasta las lágrimas y le rogaron que se quedara con la familia al menos otros cinco o seis años, porque sabían que serían llamados a las armas en vista de la guerra ya anunciada.

La situación era que dos de ellos estaban estudiando; dos hermanas ya se habían casado, la tercera estaba por casarse y la pequeña Milka estaba enferma, de manera que sobre la mamá y sobre todo María recaía el peso de la conducción práctica y administrativa del patrimonio familiar.

Por esto la madre comenzó a organizar almuerzos especiales a los que invitaba a algunos huéspedes con la única finalidad de persuadir a María de que desistiera de su decisión.

Una vez, su cuñado Joaquín dijo que María estaba hecha para vivir y actuar en el mundo y subrayó el bien que podría hacer a la humanidad teniendo sus propios hijos y convertirlos en verdaderos hombres.

María había respondido: "Ya hay demasiados niños inteligentes y abandonados, que no tienen quien los eduque y les muestre la vida, y que, en cambio, podrían ser preparados para asumir compromisos a favor de la humanidad". Y prosiguió: "Estos me llaman para que les haga las veces de madre. ¡No estoy llamada a sacrificarme como madre de cinco o seis hijos, sino de centenares, de millares de niños abandonados!".

María, pues, ya con la intención de irse secretamente lejos, al convento de clausura de las Clarisas, se las ingenió para obtener la cédula de identidad. Pero lo vino a saber Joaquín, su cuñado y tutor, quien se las arregló para que la autoridad judicial vigilara el puerto de Prigradica y el de Vela Luka. Así se desvanecieron todos sus planes.

Mientras tanto, María seguía debilitándose y perdiendo la salud. Los médicos no se ponían de acuerdo en el diagnóstico, por lo que su madre decidió llevarla donde unos especialistas en Split. Renació en ella la esperanza: una vez en Split le habría sido más fácil refugiarse en un convento de clausura. Mientras esperaba, arregló bien todas sus cosas: entregó el testamento al párroco, Don Pedro, para que lo conservase en la caja de fondos de la parroquia. En el testamento, entre otras cosas, decía: "Dejo todos mis bienes para la construcción de un colegio para niños pobres y abandonados en Blato, donde, durante el período escolar, puedan estudiar y comer, mientras que los huérfanos pueden vivir allí".

Revisada por un especialista de Split, éste dijo a su madre: "Su joven sufre terriblemente; su corazón ya no tiene fuerzas, está muy débil", y explicó cómo estaban las cosas, añadiendo: "¡Si no le conceden lo que desea, tengan la seguridad de que no vivirá más de dos meses!".

Tanto María como su madre, mirándolo, cada una por su cuenta, se preguntaba cómo podía conocer sus grandes aflicciones interiores.

Mientras tanto el médico prosiguió: "Si hubiese padecido todas las penas posibles y si todo el mundo se le hubiese venido encima, no estaría reducida en estas condiciones".

La mamá se turbó mucho y volvió al albergue muy pensativa. En el hotel donde alojaban, María le dijo: "Vea que ya no puedo más; no sigan atormentándome con sus prohibiciones; dejen que me vaya en paz a un convento, ahora mismo, ya que me encuentro a mitad de camino. ¡Si no me dejan ir por las buenas, me iré igualmente y no me volverán a ver más!".

María tenía consigo una cierta suma de dinero, suficiente para el viaje, porque cada hija podía disponer de dinero en el banco, dejado por su difunto padre, junto con Bonos del Tesoro austríacos.

Asimismo el obispo Palunka, donde la había llevado su madre, dijo sin rodeos: "¡Dejen que la joven se vaya en paz, si es lo que desea!". La madre trató de explicarle que la joven era débil y bastante sensible para una vida tan rígida como la del convento de clausura. Este replicó que Jesús mismo da la fuerza necesaria al alma y se puso a contar un bonito ejemplo de una niña, condesa, que, aunque débil y sensible, se había ido a un convento de "enterradas vivas". La madre, a este punto, se arrepintió de haber acudido a él y se apresuró a irse. Así, con la tristeza en el corazón, la acompañó, después de innumerables recomendaciones, donde las Siervas de la Caridad.

María, por su parte, para tranquilizarla, tuvo que prometer que durante dos meses se quedaría tranquila con ellas; así, con espíritu de sacrificio, se sometió al querer de su madre.

Las Siervas de la Caridad le reservaron una bonita habitación y encargaron a una religiosa que le hiciera compañía. La llevaba cada día afuera a pasear; o bien, a caminar con ella de un extremo a otro de la terraza. En el refectorio de los colegiales tenía una mesa reservada. A petición suya, tuvo una profesora de italiano y otra de alemán.

Era una comedia por ambas partes, porque María fingía no descubrir su vocación, por tanto vestía de una manera llamativa (vestido y sombrero blanco con violetas); y, de parte de ellas, las religiosas fingían no saber nada, mientras que habían sido advertidas secretamente tanto por su madre como por su padre espiritual.

Pero allí le aconteció algo singular. Un día María atravesaba el patio donde se encontraban algunas religiosas en recreación. En aquel instan-te, la Madre vicaria preguntó a sor Magdalena, de la que decían que era profetiza: "Diga, Sor Magdalena, usted que es profetiza, ¿qué será de esta señorita María?".

Respondió: "¡Será una santa religiosa!". "¿Y cómo se llamará?".

"¡Se llamará Sor María Crucificada!".

María contuvo la emoción, soñrió pensando dentro de sí: "¿Y si así fuera?", y, rápidamente, se fue.

En ese momento, decidió, una vez más, dirigirse a Mons. Marčelić para tener su consejo, escribiéndole que ya no podía contener más su vocación por un convento de clausura que estaba preparando para el viaje; pero, al mismo tiempo, era perseguida por una voz interior que le pedía sacrificarse quedándose en el mundo, alejándose de los suyos, como él mismo le había escrito. Y concluía: "Pero, vea usted que no puede hacer nada por ayudarme; por eso, desolada al ver la ceguera y las injusticias del mundo y tanta miseria, quiero irme a algun lugar solitario donde, en silencio, llorar y dar la debida satisfacción al Señor".

En espera de la respuesta, hizo una novena al Sagrado Corazón y encomendó a las religiosas que rezasen por sus intenciones.

En aquella ocasión confió a la Madre vicaria su propia vocación y la lucha consigo misma, diciéndole: "Si hubiera dos Marías, una la dejaría en medio de la gente para trabajar y sacrificarse por los necesitados; mientras que la otra la llevaría lejos a un convento de clausura, donde nadie la encontrara".

A la mañana siguiente del término de la novena, llegó la carta del obispo Marčelić: "¿Tú, qué irías a hacer en un convento de clausura? ¿Qué quisieras hacer por la gloria de Dios y para ayudar a los necesitados? No tendrías la libertad para actuar; a lo sumo, quizá podrías poner o levantar la mesa, desperdiciando, así, sin un motivo específico, el tiempo precioso de tu vida y las capacidades que Dios te ha dado. En el convento de clausura tendrias una vida breve, como la de tu difunta hermana Sor Gertrudis. Tú dices que no puedes soportar tanta miseria, corrupción y engreimiento del mundo, mientras que estás sufriendo porque no puedes ayudar; por eso quieres irte para poder llorar por estas miserias. Pero no está bien escapar y dejar la casa mientras está en llamas; ¡llorar por eso no es de héroes! Al contrario, hay que trabajar con todas las fuerzas posibles para apagar las llamas y salvar lo que se pueda. Te aconsejo, pues, que vuelvas y te comprometas con tu pueblo en la educación de las jóvenes. Con el tiempo podrás abrir una casa religiosa; pero cada cosa a su tiempo".

En estas palabras, María vio la voluntad del Señor e inmediatamente volvió a casa –era el otoño de 1914– para empeñarse en Blato, permaneciendo en espera de ulteriores directivas de lo alto…

En tanto, la gran guerra mundial asolaba Europa sembrando muerte y miseria, y el contragolpe que vivían los pequeños pueblos era aún más grande: viudas, huérfanos, hambre, enfermedades... Sobre este trasfondo se iba definiendo la vocación de María.

El 17 de septiembre de 1917, María recibió otra carta del obispo Marčelič, en la que le decía: "Todo está en tu buena voluntad; en eso debes ser completamente libre; debes decidir tú sola, libremente; luego estarás más tranquila y tendrás mayor mérito ante Dios. ¡Todo será solamente tuyo! Dios nos ama, respetando nuestra libertad; lo que hacemos espontáneamente le agrada más. Te digo lo que pienso y lo que deseo, pero la mía no es la última palabra. ¡Es necesario que decidas tú misma! Yo, por mi parte, quiero que te quedes con ellas, en el colegio de las Siervas de la Caridad, y ello por varios motivos.

Te quedarías allí como una buena levadura; podrías hacer el bien por tu pueblo y, con el tiempo, fundar una Congregación religiosa, tomando a tu cargo la educación de las niñas más necesitadas; en Blato hay que hacer surgir los estratos más bajos de la sociedad; los bienes que posees quedarían en Blato, es decir, a sus habitantes.

Si después abren el comedor popular, podrías entrar donde ellas [las Siervas de la Caridad] como ayudante. De esta manera, quizá tu madre te daría permiso más fácilmente... y después, cuando cumplas 24 años, con la mayoría de edad, podrás decidir sola, libremente. Pero tendrás que actuar con valentía. ¡Reflexionar sola ante Dios... y decidir! Es necesario que todo sea obra tuya".

María aceptó y acató este consejo como un verdadero signo de la voluntad de Dios, que esperaba desde que había regresado a Blato. Decidió, pues, ir a habitar con las Siervas de la Caridad en calidad de ayudante en el comedor popular, donde, por lo demás, ya prestaba servicios en la administración, y diariamente hacía largas caminatas a pie para la distribución de bonos a la gente. Pensó que por esta razón, quizá su madre la dejaría ir de buena gana, al saber que no se iría para hacerse monja.

Con esta estrategia, habría podido empeñarse libremente en las obras de caridad y sobre todo asistir a aquellos huérfanos que la guerra hacía germinar como flores del campo. Esta era una manera también para facilitar poco a poco el desprendimiento de los suyos para partir después con más facilidad y seguir la llamada de Dios.

Pero su mamá se opuso enérgicamente, por el hecho que se habría encontrado completamente sola en la administración de las propiedades. En efecto, de sus hermanos, uno estaba en el frente y otro prisionero de los italianos; la hermana Milka estaba en el colegio en Korčula y Jakica en Viena. Además, las Siervas de la Caridad no tenían lugar, porque aún no estaban terminados los trabajos de edificación de su segunda casa. Así, con todos estos impedimentos, tuvo que esperar hasta el 25 de marzo de 1919.



VI

Habiendo sobrevivido a la terrible epidemia conocida como "española", que siguió a la guerra, y literalmente renacida luego de una enfermedad mortal, María reconoció en un sueño misterioso a quien sería una hermana suya y gran colaboradora: María Telenta, la futura Sor Gabriela.

En efecto, una mañana María Telenta había ido a la iglesia. El párroco, Don Pedro, le había pedido que fuera a ver si María aún vivía y que volviera a decírselo.

Cuando María la vio, alargó los brazos, diciendo: "¡Oh, si tú supieras, si tú supieras!... ¡Tú eres mi hermana!". Y no lograba decirle otra cosa debido que su lengua estaba todavía hinchada, lo que no le permitía hablar libremente, pero quiso abrazarla y besarla, repitiéndole: "¡Tú eres mi hermana, mi hermana!".

María Telenta creyó que estaba delirando y se puso a acariciarla suavemente, diciéndole: "¡Cálmese, señorita María!", mientras que María seguía diciéndole: "¡Oh, si tú supieras...!".

María Telenta apenas conocía a María Petković hasta entonces, pero, a veces, en la iglesia, fijando la mirada sobre ella, tenía la sensación de que algún día le habría sido de ayuda. Y se preguntaba qué ayuda habría podido brindar a una Petković, De todas maneras, ya desde entonces inconscientemente la quería mucho, por eso la tarde en que María estaba moribunda, María Telenta, cuando oyó decir bajo su ventana: "¡Si, está muerta!", saltó de la cama, en camisa de noche, se arrodilló en medio de su habitación con los brazos levantados al cielo, implorando y rogando a Dios que hiciese vivir.

A menos de dos meses de la grave enfermedad, todavía débil, quiso trasladarse a Babina (era comienzos de febrero de 1919) para reanudar y llevar a término la enseñanza a los niños.

Un día, que volvió a Blato para confesarse y comulgar, para recoger libros espirituales, material y libros didácticos para la escuela, había pasado a ver a su hermana Ivica.

Cuando se dio cuenta que María estaba por volver a Babina sola, Ivica la reprendió, diciéndole: "¡Es impensable que una mujer esté sola en ese lugar tan aislado!". Y le "impuso" que Llevase consigo a una joven, una modista, que estaba con ella. ¡Esa costurera era María Telenta!

Si bien María estaba deseosa de conocer mejor a la Telenta, hubiese preferido ir sola, temiendo ser disturbada en su soledad y en el recogimiento espiritual que buscaba en Babina. Pero su hermana no quiso oír razones y a María no le quedó otra opción. En tanto Ivica había recomendado a la Telenta que distrajera un poco a María, porque la veía demasiado retirada y pensativa, y temía por su salud, considerando lo acaecido anteriormente.

El buen Dios había encontrado así el modo de que se conocieran mejor y experimentaran, además, la vida en común. La modista aseaba la casa y preparaba lo necesario mientras María se ocupaba de la escuela, de su lectura espiritual o la meditación.

María Petković, como buena organizadora, había hecho un horario de tipo monástico que observaban escrupulosamente; incluso la recreación, pese a que eran solamente dos.

La experiencia resultó muy positiva y cimentó su vinculación.

Y finalmente llegó el día tan anhelado.

El 25 de marzo de 1919 María dejó la casa de sus padres para retirarse a la Casa de las Siervas de la Caridad. Como era de prever, en esta opción suya la había seguido María Telenta. Así, el Señor, en la persona de esta buena y humilde hija del pueblo, le había dado un ángel con el fin de que la animase y sostuviera en los días difíciles del camino de su vida.

Las Siervas de la Caridad las acogieron con mucho gusto y afecto. María les había informado previamente que serían dos. Como pensionistas pagaban mensualmente, Maria 500 kunas, mientras que María Telenta les entregaba todo cuanto lograba ganar con su oficio de modista.

Mientras estaba a la espera de conocer la voluntad del Señor sobre ella, María desarrollaba las actividades de apostolado, guiaba las asociaciones católicas y se ocupaba de los niños pequeños. Estaba empeñada sobre todo en la conducción del comedor popular para cerca de 3.000 personas a las que distribuía los bonos para el retiro de los alimentos.

Al ser solamente una pensionista, podía salir libremente para visitar a las personas indigentes a las que su madre no se lo había permitido.

El hombre puede tener una idea del actuar del Espíritu si piensa en el viento, que sopla donde y cuando quiere. En Blato todo parecía proceder según su ritmo, cuando sucedió algo inesperado: falleció la Superiora de las Siervas de la Caridad. Habían transcurrido apenas dos meses desde que María había ingresado en su Casa. Pero el trastorno fue aún mayor cuando en pocos días las restantes dos hermanas y una administradora regresaron a Italia, a su Casa Madre en Brescia.

En aquella época, Italia había ocupado Dalmacia y las relaciones no eran buenas, por eso las hermanas se habían dado cuenta que era mejor irse; y, por lo demás, bien poco podían hacer, visto que habían quedado solamente dos, ya ancianas. Habían solicitado la llegada de más personal, pero ni la Casa Madre ni la Provincia habían respondido positivamente, por lo que habían resuelto retirarse.

Sin embargo, no queriendo hacer vana improvisamente su misión en Blato habían decidido confiar temporalmente la Casa y el Asilo Infantil a la responsabilidad de María Petković.

Así, María Petković y María Telenta comenzaron a hacerse cargo de las actividades: el colegio, el asilo y el comedor popular.

A los ojos de la gente pareció que nada había cambiado y no se maravillaban al ver a María a cargo de todas las actividades; al contrario, muchos, por un cierto provincialismo, estaban contentos al saber que la Obra había pasado a manos de una coterránea.

Mons. Marčelić no hizo esperar su voz y su consejo iluminado en aquellos días particulares. Con fecha 16 de julio de 1919, escribió: "Si en el mundo todo sucede según un designio de Dios, ¡esta es su voluntad! La Providencia divina gobierna el universo y cada cosa que sucede en el mundo. El ojo de Dios ve todo, el bien y el mal. Si las Siervas de la Caridad dejan Blato, yo deseo y, luego de haber rezado a Dios, he llegado a la conclusión que tú [María Petković] permanezcas en la casa como superiora junto con las demás que ya están contigo y que lleven adelante el colegio como mejor puedan, bajo mi dirección y la del párroco. Tú misma, varias veces, me has manifestado el deseo de ofrecerte a ti misma y tus bienes a favor de tus conterráneos de Blato. He aquí la ocasión. ¡Esta es la voluntad de Dios! Preparen un inventario de las cosas que hay en la casa: mesas, camas, etc. y no será difícil que se pongan de acuerdo con las Siervas de la Caridad de Dubrovnik; les darán lo que es justo. Pongámonos solos de pie. Encomiéndense a Dios y acepten la cosa tranquilamente".

Como se puede advertir, el obispo habla ya de "las demás que ya están contigo", por tanto, no sólo de Gabriela Telenta. En efecto, se habían presentado a María dos jóvenes que deseaban unirse a ellas. La primera de las dos era Palma Bačić Fratrić (la futura Sor Catalina de la Santísima Trinidad) y la segunda Magdalena Šeparović (que será Sor Vicenta de la Pasión de Jesús).

María, por prudencia, les había dicho que, por el momento, podían ayudar durante el día en el comedor popular, pero por la tarde debían volver a sus casas. Y prontamente había informado a Mons. Marčelić.

Después de haber leído la respuesta del obispo, María advirtió con claridad la voluntad de Señor, y en ese instante sintió todo el peso y la importancia de dar inicio a la nueva Congregación religiosa.

Después, llamando a Palma Bačić y a Magdalena Šeparović, les dio a conocer la decisión del obispo, y las invitó a decidir libremente si quedarse con ella en Blato para fundar una nueva asociación, o bien de irse a alguna Congregación ya constituida. Naturalmente se hizo escrúpulo de informarles sobre las dificultades a las que se enfrentarían si se quedaban con ella, dado que aún estaba todo en la mente de Dios. La respuesta no llegó a través de las palabras, sino con un largo y caluroso abrazo.

Hay, sin embargo, un momento en que todos los que están por poner la mano en el arado son asaltados por una especie de miedo a equivocarse, y buscan una confirmación a su actuar.

María Petković no podía ser la excepción.

Las mandó donde el párroco, Don Pedro, para tener su parecer: él les aconsejó que se quedaran con María en Blato y que él mismo se ocuparía de ellas.

Con lo que María disponía se compraron los muebles de la Casa, mientras que el mobiliario de la capilla y de la escuela fue simplemente cedido, porque provenía de los fondos de la beneficencia pública.

Con filial confianza se había dirigido así al Señor: "¡Heme aquí, Señor; me entrego totalmente a ti; estoy dispuesta a cumplir tu voluntad sacrificándome por ti y por los necesitados (aun-que no conozca mi futuro), con tal que tú mismo, Señor y Esposo nuestro, prepares todo. Entonces yo obedeceré y vendré; me sacrificaré con todo mi corazón por ti y por tus hijos; seré como una sirvienta a tu servicio, para cumplir tu voluntad!".

Luego le había hecho presente que el Esposo debe procurar todas las cosas, preparar la habitación y pensar en su manutención; mientras que la esposa tiene el cometido de tener hijos y velar porque en la familia reine el amor.

De esta manera el Señor mismo había preparado todo: Casa, escuela con los bancos, pequeña Capilla con el Santísimo, huerta, camas, armarios, libros, etc.; justo como María le había pedido.

Con fecha 3 de agosto de 1919, día en que partieron definitivamente las Siervas de la Caridad, María recibió oficialmente a las dos jóvenes.

Magdalena Šeparović, Palma Bačić y María Telenta, entrecruzando sus brazos formaron un círculo colocando a "María en el centro, y desde ese momento la llamaron "Madre". Incluso la gente, espontáneamente, comenzó a llamarla "Reverenda Madre", si bien no vistiese aún el hábito religioso.

Así, en cuatro comenzaron la vida en común. Al día siguiente (4 de agosto) fue elaborado un horario y asignados los oficios: María Petković guiaría la comunidad religiosa, el asilo infantil y la escuela de las niñas; María Telenta Vicio trabajaría para los externos y con ese trabajo contribuiría parcialmente al mantenimiento de la comunidad;

Magdalena Šeparović y Palma Bačić, ayudadas por militares, trabajarían en el comedor popular.

"Me alegra que me hayas obedecido -la felicitó de inmediato Mons. Marčelić- y te hayas quedado en el lugar con tus compañeras. ¡Cada cosa, por grande que sea, comienza con lo pequeño! Recuerda el grano de mostaza del Evangelio...".

Puesto que era un deseo de María ser asociada a la Orden Franciscana, el obispo le mandó también la "Pequeña Regla" con estas paternales recomendaciones: "Les envío la Regla general de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Acepta la cosa seriamente aunque con la debida amabilidad y tranquilidad, según la voluntad de Dios. No temas las dificultades, especialmente las iniciales. Cada comienzo es duro. Prepárate para el empeño con generosidad. ¡A quien es generoso, el Señor lo sostiene! Solos somos poco o nada; pero en unión con Dios Omnipotente, también nosotros llegamos a ser poderosos. ¡Todo sea para la gloria de Dios!

Antes de aceptar a alguna joven, abre bien los ojos; fíjate si está guiada solamente por la gloria de Dios, por la salvación suya y de las demás almas; si está dispuesta a la abnegación; si desea el bien de su pueblo, Blato; primero que nada fíjate en su conducta moral y, por qué no, también en la salud y situación económica.

La obediencia ocupe el primer lugar; el segundo, la obediencia, y el tercer lugar siempre la obediencia total con el espíritu y el corazón. (...) Que todos las conozcan por sus buenas acciones, por su humildad, por su abnegación y sus sacrificios".

En poco tiempo la Obra comenzó a dar los primeros gérmenes: de acuerdo con el párroco, Don Pedro, se abrió un "Albergue diurno" y un "Jardín Infantil".

Al comienzo, el Albergue lo llevaba adelante María, mientras que al año siguiente se hizo cargo Magdalena Šeparović, hasta que llegó a la Congregación Margarita Radić (la futura Sor Buenaventura) quien, ayudada por otra maestra, tomó la dirección del asilo y del "Albergue diurno".

Se acogieron también en el instituto las dos primeras niñas, huérfanas de padre y madre y sin parientes cercanos. Así se dio comienzo al orfelinato.



VII

El año 1920 fue un año de gracia para María y su joven fundación. Ya se habían delineado las figuras claves: Mons. Marčelić asumió el papel de padre, educador y guía espiritual en la formación de María y de sus compañeras. María, como fundadora, era responsable de la espiritualidad, del apostolado, del Instituto y, al mismo tiempo, Madre de la comunidad.

El comienzo, como todo comienzo, fue heroico, así también para aquel manojo de mujeres enamoradas del Señor y de los hermanos: el amor por Jesús mitigaba y les daba fuerzas para resistir incluso en las pruebas más duras. Cumplían alegremente las labores más pesadas por amor a la Congregación. Se contentaban con el alimento incluso más pobre, el que, durante las dificultades iniciales, no era ni nutritivo ni suficiente.

Enfrentaban cualquier dificultad con el ánimo pronto al sacrificio y la abnegación, dando así una contribución para el crecimiento del grupo. Todas iban de buena gana a recoger la limosna para la manutención de la comunidad. Las familias más pudientes las ayudaban y ellas, por su parte, iban a visitar a los enfermos necesitados y, además de ayudarles materialmente, ejercían una misión instruyéndoles y confortándolos en sus dolores.

Aquellas hermanas poseían sobre todo el espíritu de obediencia de una manera que sólo se encuentra en los grandes santos. Nutrían un gran amor y estima por su "Madre María" a la que querían mucho más que a la madre natural.

En este desarrollo tan fecundo de vida espiritual, la pequeña fraternidad iba poniendo poco a poco sus fundamentos con la bendición de Dios.

No obstante, pues, la pobreza y los sacrificios, las vocaciones comenzaron a florecer y había necesidad de redactar un Reglamento.

María recurrió a Mons. Marćelić quien le ordenó escribir ella misma las Constituciones. A la mujer le pareció que la tierra temblaba bajo sus pies: humildemente le pidió que las recopilara él o, al menos, que prepara un borrador, porque ella se sentía incapaz.

"¡No, no –se defendió–, tú puedes y debes hacerlo! Toma como modelo las Reglas de las Ordenes antiguas y luego adáptalas a la vida y al trabajo de esa Congregación que tienes en mente, así como el Señor te inspira".

No obstante la fuerza de confianza, María no se consideraba a la altura de aquella tarea, pero no le quedaba otra cosa que inclinar la cabeza y poner su confianza en la benevolencia del Señor.

¡La obediencia por encima de todo! Por eso el 2 de agosto de 1920 se retiró a Prizba junto con Maria Telenta para escribir en la soledad, en el recogimiento y la oración, las primeras Constituciones para la Congregación. Una criatura aún en pañales, que daba vagidos, sin nombre ni apellido.

Comenzó a escribirlas al aire libre, en el bosque, a orillas del mar, sentada sobre una piedra, sola bajo el azul del cielo, en el nombre de Dios. "¡Todo sea en la caridad, en la sencillez y en la abnegación, trabajando y sacrificándose por los pobres y los huérfanos; por la difusión de la gloria y del amor de Dios por medio de la enseñanza a las asociaciones católicas y, a través de ellas, a sus familias, para que todos conozcan les propios deberes cristianos y amen a Dios nuestro Salvador!".

Día tras día María pudo experimentar cómo el Señor no le hacía faltar su asistencia, porque por sí sola no habría sido capaz de compilarlas según los cánones de la Iglesia, que ni conocía ni tenía al alcance de la mano.

"¡Viste! Qué te había dicho?", le dijo el obispo luego de haberlas examinado, "no tengo nada que objetar". No obstante, las hizo examinar por cuatro canonistas para ultimar formalmente la terminología técnica. Dio la primera aprobación el 15 de junio de 1923, y una segunda el 18 le junio de 1928, después de una puesta al día.

Mons. José Marčelić, en este momento, decidió que había llegado el momento de echar al agua la nueva nave que en el nombre de Jesú debía hacer tanto bien a los pobres, a los huérfanos, a los enfermos y marginados.

Comunicó a María tal decisión a través del párroco, Don Pedro, recomendando preparar todo para la vestición religiosa.

Para el santo hábito, por inspiración divina y consejo del obispo, María dio indicaciones sobre cómo debería ser cortado y cosido. El hábito lo confeccionó, naturalmente, María Telenta y dado que después de la guerra la tela costaba mucho, el Señor la ayudó por medio de su hermana Kata (ya viuda de Tomašić), quien donó la tela para algunos hábitos, y el resto lo compraron.

De acuerdo con el obispo, María invitó al Padre Mariano Stašić, superior de los franciscanos de Split, para que dirigiera los ejercicios espirituales.

Inmediatamente después de su llegada a Blato, Monseñor se dirigió al Instituto. En la capilla, les dirigió un paterno saludo poniendo de relieve el valor del día siguiente, en el que se consagrarían a Dios para siempre. Luego las llamó una por una para el examen canónico. Al final, se declaró satisfecho porque las había encontrado a todas bien preparadas, como las vírgenes prudentes, prontas para ir al encuentro del Esposo.

Mons. Marčelić pidió, entonces, al Padre Stašić que escogiera los nuevos nombres junto con las candidatas. Preguntó primero a María qué nombre quería. Ella respondió: "Me llamo María y como terciaria me llamo Magdalena, por eso quisiera quedarme con el mismo nomhre".

El Padre Stašić, en cambio, propuso María de Jesús Crucificado, nombre que en su interior deseaba. Poco tiempo antes, en efecto, había rogado a Jesús, bañando con lágrimas su cruz, que le diese este nombre como signo de que la aceptaba como su esposa.

Se continuó con la elección de los nombres para las demás candidatas, oyendo el parecer de María y de las interesadas.

En cuanto al nombre de la Congregación, Monseñor interpeló a María, que respondió sin mostrar el mínimo titubeo, dando también su motivación: "Se llamará Congregación de las Hijas de la Misericordia de la Tercera Orden de San Francisco, en cuanto que caridad y misericordia se asemejan. Es decir: 1) las Hermanas realizan actos de misericordia y actos de caridad por amor a Dios; 2) "Hijas" quiere decir algo que proviene del Padre; "hija de la misericordia", porque brota del Corazón misericordioso del Padre y realiza actos de su misma misericordia".

Cuando la gente supo que la vestición y la fundación de la nueva Congregación estaba próxima, conmovida y partícipe, se preocuparon por adornar de flores todo el pueblo y las callejuelas por donde pasarían las candidatas. Algunos hombres, durante la noche, habían cortado árboles de pino y las jóvenes habían preparado guirnaldas para embellecer la calle y los balcones. Moviéndose por la parte este del convento, pasarían por San Jerónimo hasta llegar a la iglesia parroquial de Todos los Santos.

Se había pensado realizar la ceremonia en el día de la memoria de San Francisco de Asís, por eso el 4 de octubre estaba todo preparado, pero debido a un imprevisto atraso del obispo, obligó postergarla para el día siguiente. Sin embargo, por explícita orden del obispo, la fecha oficial e histórica de la vestición y de la fundación debía seguir siendo la fiesta de San Francisco. Y así fue.

En la mañana, a las 5,00 hras., las campanas de la iglesia de Todos los Santos en Blato anunciaron festivamente que sus hijas, las hijas de su nación, estaban por dar vida a una nueva Congregación.

Respondió la campana del convento, como la voz del Esposo que invitaba a las vírgenes a prepararse. Y ellas, gozosas y alegres, respondieron. Se vistieron de blanco; sus cabellos, que debían ser sacrificados a Dios, caían sueltos por la espalda. Sus cabezas estaban cubiertas de blancos velos y coronadas con las guirnaldas de flores.

Llegaron poco a poco sus padres, quienes abrazándolas les daban la bendición. Llegaron también las madrinas, que fueron las primeras y más calificadas viudas del pueblo; las "Hijas de María" y las integrantes de la Asociación del Angel con sus estandartes.

Cuando llegó el párroco, Don Pedro, María se le arrodilló delante y le pidió la bendición, diciendo: "Desde este momento, yo, por intermedio suyo, me entrego en las manos de Jesús a mí misma y a mis Hermanas en Dios, para que usted sea para ellas padre y madre, ya que ellas dejan hoy definitivamente a sus propios padres naturales".

A las ocho, las campanas repicaron de nuevo a fiesta y el cortejo se movió. Al frente había una niña vestida de blanco que llevaba la cruz del Salvador adornada con rosas y tules blancos, a las que hacían corona otras dos, también vestidas de blanco. Seguían las candidatas con sus madrinas, después los padres y los parientes.

Acudió toda la población que formó dos filas a lo largo del trayecto. El ingreso principal de la iglesia parroquial estaba adornado de ramas verdes y tules blancos. Ahí estaba el Padre Mariano Stašić, vestido con los ornamentos sagrados, que las acompañó hasta el altar de Santa Vicenta, donde, con ornamentos pontificales, las esperaba Mons. José Marčelić, junto con un grupo de sacerdotes y clérigos.

La iglesia estaba llena de gente, tanto que algunos se habían subido al púlpito y otros a los confesionarios.

Terminada la liturgia eucarística, el obispo pronunció un discurso de circunstancia, luego de lo cual comenzó la ceremonia de vesticion.

Primero le correspondió a María, quien fue vestida por Monseñor, ayudado por los sacerdotes y por su madre. Don Vicko Bosnić recogió en una bandeja los mechones de cabellos cortados. El Padre Stašić tomó de las manos del obispo el cordón y se lo ciñó a su cintura.

María, revestida con el hábito religioso, en su calidad de fundadora se colocó al lado del Obispo y procedió a la vestición de las hermanas:

María Telenta Vicio, Palma Baeić Fratrić, Magdalena Šeparović Buda, Jozica Franulović Njalo y Anka Sladović.

Enseguida, continuando con el ceremonial, las neo-profesas se intercambiaron un abrazo de Hermanas, mientras se cantaba: "¡Vean: qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos!".

El 11 de octubre, Monseñor decidió admitir a las hermanas recién vestidas a los santos votos, de manera que se pudiera elegir el Consejo directivo de la nueva Congregación.

La ceremonia se realizó delante del altar mayor, adornado para la ocasión, en presencia de toda la población de Blato.

Sor María Petković, en primer lugar, se acercó al altar y emitió sus votos temporales. En este momento, el obispo se levantó y, vuelto hacia ella, dijo con la voz estremecida por la emoción: "¡De ahora en adelante ya no te llamarás más María Petković Kovać, sino Sor María de Jesús Crucificado!"

La emoción se extendió de la candidate a toda la gente que asistía a la ceremonia, y se repitió para cada una, mientras el Obispo, después de pronunciados los votos, le daba en nuevo nombre:

"Sor María Telenta, de ahora en adelante serás Sor María Gabriela del Buen Pastor,

Sor Palma Bačić, serás Sor María Catalina de la Santísima Trinidad,

Sor Magdalena Šeparović Buda, serás Sor María Vicenta de las Llagas de Jesús,

Sor Jozica Franulović, serás Sor María Serafina de la Pasión de Jesús,

Sor Anka Sladović, de ahora en adelante te llamarás Sor María Josefa del Niño Jesús.

Están muertas al mundo y con ello han dejado también su nombre de bautismo; ahora vuelven a nacer a una nueva vida en Cristo con un nuevo nombre".

Jurídicamente ahora era posible celebrar, bajo la presidencia del obispo, el primer Capítulo general de las "Hijas de la Misericordia" y elegir al Consejo directivo. Sor María Petković fue elegida por unanimidad como Superiora general y Sor María Telenta como Vicaria.

Mons. Marčelić pidió al Padre Mariano Stašić que leyera, en su nombre, el decreto de nombramiento de la Superiora General de la Congregación y después el de la Vicaria general.

La nueva Congregación podía ahora actuar oficialmente, habiendo sido reconocida por el obispo de Dubrovnik (de "Derecho Diocesano"), con un gobierno propio.



VIII

Si la guerra había llevado a Blato tantos huérfanos y tanto sufrimiento, después de la guerra no fue mejor: el alimento llegó a faltar del todo y, lo que era aún más trágico, ni siquiera se podía comprar en toda Dalmacia, porque simplemente no había. Entre la gente reinaba la pobreza y la indigencia con sus compañeras más queridas: la desnutrición y las enfermedades.

El recién nacido Instituto reflejaba el ambiente reinante en pequeña escala. Madre María sufría sobre todo por los huérfanos, para los que no había comida suficiente con qué saciarlos, y su corazón maternal, lleno de amor y de atención, no soportaba la idea de tener que echarlos a la calle.

Las pobres viudas llevaban nuevas huérfanas y, llorando, pedían que las aceptaran, o bien, pedían al menos un pedazo de pan. La población hambrienta asediaba las puertas del Instituto con la esperanza de obtener algo, pero se necesitaba un milagro que transformara las piedras en pan.

Un espíritu activo, emprendedor y organizativo no podía sucumbir ante aquellos sufrimientos: Madre María decidió, entonces, ir a Slavonia a pedir limosna y recoger un poco de víveres, porque un comerciante de esos lados le había dicho que allá había encontrado.

Emprender un viaje semejante no era ciertamente ni fácil ni cómodo, considerados los medios y los prejuicios de la época, pero todo esto no podía detener la urgencia del amor y de la caridad por los hermanos.

El 29 de agosto de 1922 junto con la Vicaria, Sor Gabriela Telenta, partió para Slavonia, vía Dubrovnik.

Llegaron con la nave a Dubrovnik. Era, en efecto, necesario tener el permiso del obispo y las credenciales para los obispos de Slavonia. Después, sirviéndose de un mapa carretero tomaron el camino de Metković para Slavonski Brod y desde allí, para Djakovo.

En Djakovo encontraron alojamiento donde las Hermanas de la Santa Cruz, quienes las acogieron con amorosa hospitalidad, como hermanas. Luego, como primera cosa, fueron a saludar al obispo, Mons. Akšamović, y le pidieron permiso para pedir limosna en su diócesis; él no sólo les dio su bendición sino que fue el primero en subscribir la lista con una recomendación a la población. Después fueron donde las autoridades civiles, quienes concedieron el permiso también para todos los alrededores de la ciudad. Luego comenzaron su empresa.

La Providencia le suministró un carro, con el que pudieron transportar el trigo recogido hasta Djakovo en casa de las Hermanas de la Santa Cruz. Pero esto no estuvo exento de contratiempos.

Al regreso, la lluvia había vuelto los caminos fangosos y llenos de hoyos, tanto que a los caballos les costaba mucho. Las dos Hermanas viajaban sentadas sobre los sacos de trigo y, como el carro se movía bastante, en la noche y en aquella situación incómoda, no se dieron cuenta que el grano recogido con tanto esfuerzo se iba perdiendo.

Solamente cuando llegaron bien tarde en la noche donde las Hermanas, con mucha pena se dieron cuenta que buena parte del trigo se había perdido a lo largo del camino.

El Señor, sin embargo, conociendo su pena y sufrimiento, las recompensó el doble; porque las Hermanas de la Santa Cruz fueron tan caritativas que compraron el poco trigo que había quedado pagándoles el doble de lo que costaba.

Madre María se sentía mal y se defendía diciendo que no podía aceptar; a pesar de ello la superiora le había replicado: "Yo quiero pagar tanto, por tanto acéptenlo tranquilamente".

El cansancio del camino y el esfuerzo produjeron también no poco daño a la salud de María, ya enferma de las piernas y del corazón, pero estaba en el baile y había que bailar.

La presencia ocasional en Djakovo del Nuncio Apostólico, Mons. Hermenegildo Pellegrinetti, ofreció a Madre María la oportunidad para preguntar por la petición hecha en el mes de junio a Su Santidad Pío XI en la que pedía ayuda para la Congregación y para salvar a los huérfanos de Blato. El Nuncio no sólo le prometió que se habría ocupado de la súplica, sino que le dio una contribución personal de 1.000 kunas.

Dejando Djakovo, nuestras dos hermanas partieron para Osijek y se hospedaron con las Hermanas de San Vicente. Estuvieron una veintena de días recogiendo limosnas por todos los alrededores; fueron a Cepin, Valpovo, Marijance, Slivovce, Petrievce, etc., donde siempre fueron bien recibidas por los párrocos y la población, pero no tuvieron mucha suerte porque antes de ellas ya habían pasado otras religiosas. Pese a todo, lograron recoger 24 quintales de trigo, por lo que pidieron al dueño del molino Karolina, el señor Peller de Osijek, que hiciera un acto de caridad y pagara los gastos para llevar el trigo hasta Blato; lo que el buen hombre hizo con mucho gusto.

Luego continuaron la colecta en Vinkovci y Vukovar, donde recogieron otros 15 quintales, que fueron llevados a Osijek para ponerlos en el mismo vagón junto con el resto.

Estando consciente que el trigo recogido hasta ese momento no respondía a las reales necesidades del convento, del orfelinato y de la población, Madre María decidió, no obstante, interrumpir la recolección y volver a la Casa Madre, poniendo su confianza en el Señor, quien, tal vez, a último momento le proveería con más alimentos. ¡Y así fue!

Madre María y Sor Gabriela, antes de partir, fueron donde el barón Popović, quien las recibió muy afablemente y, levantándose, les preguntó: "¿En qué puedo servirles? ¡No tienen más que decírmelo!".

Entonces, la Madre le explicó brevemente la situación por la cual habían venido a Slavonia para pedir limosna; pero no habían recogido lo suficiente para cubrir las necesidades: el vagón estaba casi vacío...

A la llegada de los víveres, se pudo constatar que el barón no sólo había llenado el vagón de trigo, sino que había añadido cerca de 20 quintales de la mejor harina, tanto que María, pensado en un posible error de expedición, de inmediato le informó por escrito.

Recibió, en cambio, la respuesta que toda aquella harina blanca la había ofrecido el barón Popović que, mientras tanto, había fallecido.

Semejante noticia no podía no suscitar una gran conmoción, ya que aquel acto de beneficencia había sido su última obra buena en la tierra. Y todas juntas oraron fervientemente por su alma para que el Señor lo recompensase dignamente.

Antes de volver a Dalmacia, Madre María había decidido ir a Belgrado para solicitar a los Ministerios que se preocuparan de la población y de los huérfanos de guerra de su tierra. Así, se dirigió al Ministerio para la Protección de la Infancia, donde fueron acogidas y escuchadas atentamente. Le dieron de inmediato una primera ayuda de 60.000 kunas con la promesa de ayudas futuras. Trató de obtener al menos 30 camas. Tomó, pues, lo necesario para 30 camas: 60 sábanas, 60 fundas, 60 frazadas,

En este recorrido por los Ministerios les había dado una mano la Presidenta de la Asociación Cultural Femenina, que justamente en aquellos días celebraba en Belgrado su propio congreso; y, puesto que no había representantes de Dalmacia, ella les había pedido que estuvieran presentes al menos en la sesión final.

No pudiendo negarse, decidieron ir al menos por unos minutos. Pero cuando aparecieron, todas las presentes comenzaron a aplaudir y exclamar: "¡Viva, que vivan nuestras hermanas de Dalmacia!, verdadera diadema de nuestro Estado". Y las hicieron pasar entre dos filas hasta llegar al puesto de honor.

La presidenta las saludó y luego continuó exponiendo las actividades de su círculo asociativo. Al final, invitó a Madre María a tomar la palabra.

Ella, en primer lugar, agradeció la oportunidad que se le había ofrecido y luego puso el acento sobre el laudable empeño en el trabajo presentado por la presidenta, pero les recomendó que todo fuese hecho por amor de Dios y para su gloria.

Les recomendó, además, comprometerse por la unión de la Iglesia ortodoxa con la Iglesia católica para apuntar a la unión espiritual en Cristo, "porque uno solo es Cristo y una sola la Iglesia", y las mujeres, con la ayuda de Dios, habrían podido dar una contribución determinante como hermanas, madres, esposas, pero sobre todo como generadoras de paz.

Las animó también a ocuparse de la educación de los niños abandonados y de la juventud, cuya miseria y pobreza tomaba tan a pecho. Ella, personalmente, habría podido dar su propio corazón de madre, pero, como religiosa, no poseía los medios necesarios para aliviar su miseria; por eso pedía a las presentes que se empeñaran maternalmente y Dios Omnipotente les daría la justa recompensa.

Todas las congresistas siguieron con emoción su discurso y aprobaron sus palabras, conmovidas hasta las lágrimas.

Al final, el congreso quiso manifestarse con un signo sensible dándoles 16.000 kunas para el orfelinato.

Cuando llegaron a Split fueron al "Protectorado de Tutela de la Infancia" para obtener otras 30 camas para el creciente poder acoger más huérfanos. Estas camas las buscó el hermano médico de María, el doctor Petković, quien estaba a la cabeza del Ministerio de Salud Pública. En esa ocasión, María había pedido a su hermano que le buscara una vaca lechera. Y en breve tiempo le había mandado una vaca holandesa que producía diariamente 20 litros de leche.

Dando gracias al buen Dios por todo ello, el 29 de octubre de 1922, María y Sor Gabriela volvieron a la Casa Madre.

El 16 de noviembre de 1922, para alegría de todos, llegaron felizmente los víveres recogidos hasta Prigradica. Madre María dio orden a las Hermanas que distribuyeran las tres cuartas partes, dejando para el convento y el orfelinato solamente la cuarta parte.

Madre María encontró también la noticia de que el Papa Pío XI había respondido a su súplica y le había enviado una ayuda de 15.000 liras italianas.

En Belgrado, María había ido también al Ministerio de Salud para pedir la restauración del hospital de Blato, que había sido cerrado a causa de los daños de la guerra. Habían prometido que mandarían el dinero necesario para repararlo y restablecerlo. En efecto, después de un poco de tiempo llegó a Blato un empleado del Ministerio: se dirigió directamente al convento donde Madre María, haciéndole presente que lo habían enviado donde ella con 100.000 kunas. El Ministerio había dispuesto que fuese ella misma la encargada de ocuparse de la readecuación para que el hospital volviese a funcionar.

Una luz no puede permanecer escondida...



IX

La necesidad cada vez mayor para la joven Congregación era la de contar con nuevos espacios para acoger un mayor número de huérfanos y ubicar a las nuevas vocaciones.

Dada la gran oposición de parte del nuevo párroco para la fundación de un nuevo edificio, sólo quedaba la posibilidad de aportar modificaciones al edificio existente.

Así, con el dinero recogido en la recolección de limosnas y con lo enviado por Su Santidad, Madre María decidió levantar un piso y ampliar el Instituto.

Los trabajos comenzaron cuando todavía el Obispo se encontraba en Blato, quien pudo constatar personalmente lo bonito que era ver el entusiasmo de las Hermanas y de las postulantes que con tanto amor contribuían transportando las piedras, las tejas, etc. y compitiendo entre ellas para ver quien hacía más "por amor de Jesús".

Terminada la construcción, se utilizó el segundo piso recién construido como dormitorio de las huérfanas; por otra parte, se ubicó el noviciado y en el tercer piso, el dormitorio para las profesas.

Tenían todavía necesidad de una cocina más amplia, un pozo, una bodega, una sala de labores para las Hermanas, una lavandería, una capilla y un espacio para las postulantes.

La segunda construcción comenzó el 11 de diciembre de 1923, y también aquí contribuyeron mucho las Hermanas y las postulantes, excavando incluso el terreno para los pozos. El trabajo quedó terminado bastante luego y dieron gracias al Señor porque su primera gran necesidad, al menos en parte, había sido satisfecha.

Cuando, durante el año anterior, con ocasión de la recolección de limosnas, Madre María había pedido la ayuda del Ministerio para el orfelinato, las autoridades, al ver que se interesaba por los niños huérfanos, le habían solicitado destinar seis de sus Hermanas para el Instituto infantil "El Nido", en Subotica, en la frontera con Hungría. Le habían hecho saber que en aquel Instituto había un centenar de pequeños huérfanos; y, pese a que el Instituto era estatal, los niños se encontraban en un estado de abandono, porque el personal empleado no tenía ninguna compasión.

La Madre Superiora había respondido que le hubiese gustado corresponder a la petición, pero todavía no tenían un número suficiente de Hermanas, ya que la Congregación apenas había sido fundada. Había pedido un año de plazo, mas, apenas transcurridos seis meses, el Ministerio hizo una nueva petición a la dirección de la Congregación a través de Mons. Marčelić.

El obispo, naturalmente, aceptó de inmediato de manera que Madre María tuvo que poner manos a la obra para preparar a las Hermanas y todo lo necesario para abrir esta Casa dependiente, la primera hija de la Congregación.

El 2 de julio de 1923 llegó la hora de la separación: la conmoción fue grande. El pequeño grupo de seis Hermanas fue confiado a Sor Serafina, quien fue su primera superiora local.

Madre María partió junto con ellas para ubicarlas, examinar las circunstancias y verificar si podía estar tranquila dejándolas en aquel Instituto. Además, debía ponerse de acuerdo con la dirección y clarificar la posición y el servicio de las Hermanas. Además, había pensado aprovechar la ocasión para recoger limosnas con el fin de ayudar a los huérfanos y los necesitados de Blato.

En esta Casa dependiente las Hermanas han trabajado durante 18 años, cuidando y educando a aquellos pobres niños a costa de indescriptibles sacrificios. Este trabajo caritativo cesó durante la segunda guerra mundial, durante la ocupación húngara. Las autoridades húngaras requisaron el Instituto, despidiendo a las Hermanas porque no eran de nacionalidad húngara. Naturalmente, esta pérdida fue muy sentida por toda la Congregación, tanto más cuanto que esta Casa había contribuido mucho para su sustento, especialmente en sus difíciles comienzos.

Con el auxilio de Dios, la Congregación crecía poco a poco: Las nuevas vocaciones llegaban, se formaban, pronunciaban sus votos; más tarde, como abejas laboriosas se esparcían abriendo nuevas Casas por todo el territorio de su patria. Así, en los primeros veinte años de vida, cerca de 140 Hermanas actuaban en 22 Casas dependientes.

El 26 de junio de 1944 fue una fecha memorable: la Congregación para los Religiosos concedió el Decretum Laudis, paso decisivo que precede a la aprobación definitiva de las Constituciones (6.12.1956), para obtener que la Congregación de las "Hijas de la Misericordia" llegase a ser un Instituto de "Derecho Pontificio".

La actividad de las "Hijas de la Misericordia" fuera de Yugoslavia comenzó en los primeros meses de 1936 cuando, a petición del Padre Leonardo Rusković, Madre María aceptó enviar siete Hermanas a Argentina como misioneras entre los connacionales emigrados. Hasta 1940 siguieron otros grupos, llegando a un total de 23 religiosas. Tomaba así cada vez más cuerpo la aspiración misionera de la fundadora.

El apostolado de las misioneras en Argentina fue pronto correspondido con las primeras vocaciones locales; sin embargo, el impulso mayor no sólo en Argentina sino también en Paraguay, Chile y Perú tuvo lugar con la llegada de Madre María, en mayo de 1940.
Permaneció allí durante 12 años, dedicándose primero a la formación de sus hijas, y difundiendo después el Instituto con la apertura de nuevas Casas y la asunción de nuevas responsabilidades asistenciales.

De manera que la Congregación de las "Hijas de la Misericordia" había abierto en total 55 Casas, de las que, a causa de la guerra y después de ella, se habían cerrado 13. Así, a fines de 1960, contaba con 43 Casas con más de 400 Hermanas, que actuaban en 8 Estados y en 18 Diócesis, ocupándose no sólo del cuidado y asistencia a los huérfanos, sino también de los ancianos, del servicio asistencial en hospitales, policlínicos y a domicilio, de la catequesis y de la evangelización en regiones muy incómodas.

Después de la guerra, y precisamente en 1946, por decisión de las nuevas autoridades comunistas yugoslavas, se le quitó a la Casa Madre de Blato el Jardín Infantil y el orfelinato. Por eso, a causa de la nueva situación que se creó en Yugoslavia y por consejo de la Santa Sede, la Dirección general se transfirió a Roma en 1952 y se constituyó oficialmente el 25 de octubre del mismo año, después del regreso de América Latina de la Madre Superiora General. De esta manera, la Providencia había querido que Roma fuese el corazón de la Congregación, el centro de unión entre las Hermanas esparcidas en Europa y Sudamérica.

Fuerte de la presencia de Dios, que sentía continuamente cercano a sí, Madre María de Jesús Crucificado, en los muchos años en que ejerció el papel de Superiora general, supo enfrentar múltiples dificultades de naturaleza material, moral, disciplinar, formativa, organizativa y financiera. Como una persona dotada de gran talento organizativo se desempeñó pidiendo también la ayuda y el consejo de personas competentes. Todo esto, no obstante una salud delicada y las enfermedades, que no la perdonaban.

Era una mujer que después de haber escogido con determinación el ideal de la vida religiosa, lo vivió con plenitud de espíritu hasta la muerte.

Tuvo la satisfacción de ver crecer su Obra, y esto fue motivo continuo de alabanza al Señor: "Si tuviese tiempo describiría detalladamente los innumerables beneficios de la Divina Providencia, la que siempre ha guiado y acompañado a la Congregación desde sus inicios hasta hoy para que cante alabanzas a su bondad, a su gracia y a sus maravillosas obras.

Él, benignamente, se ha servido de mí, su pobre sierva, para las obras de su Misericordia a favor de los miserables y de los afligidos, para enseñar y socorrer espiritual y materialmente a los necesitados, en particular para la educación de los niños abandonados, de los huérfanos y de la juventud; para la conversión de muchos pecadores obstinados y de los enfermos; para la enseñanza espiritual a las poblaciones pobres que aún languidecen en la ignorancia religiosa".



X

A comienzos de 1954 Madre María sufrió una hemorragia cerebral, quedando, como consecuencia, paralizada la mitad de su cuerpo; pese a ello siguió sufriendo, orando y trabajando por el bien de la Congregación.

Justamente a fines de aquel año tuvo lugar el Capítulo General y ella, naturalmente, apelando a su menoscabo, esperaba no ser reelegida, pero una vez más tuvo que inclinar la cabeza y obedecer. Así, a menudo, ironizando sobre la invalidez de su mano izquierda, decía: "El Señor me ha dejado libre el brazo derecho para que siga trabajando para Él".

Las Hermanas de la Casa Madre de Blato le solicitaron una visita, de manera que el 25 de septiembre de 1959 volvió a ver su país natal y la cuna de su Obra. Mirando desde lo alto de la colina, el Instituto le pareció una colmena, de la que de tanto en tanto salía un enjambre de abejas laboriosas, y agradeció nuevamente por ello al Señor que la había tomado de la mano desde niña y la había guiado como un Padre amoroso. Y con lágrimas en los ojos dijo en su corazón las palabras del anciano Simeón: "Ahora, Señor, deja que tu sierva se vaya en paz porque mis ojos han visto..." (Lc 2,29-30).

Su espíritu estaba siempre vivo y en agitación, pero el asno de San Francisco ya estaba cansado y no quería que la Obra sufriese, retrasando su crecimiento. Con discreción y donaire encontró el modo de obtener de la Congregación para los Religiosos el permiso para no ser reelegida como Superiora General, de manera que en el Capítulo del 23 de enero de 1961 presentó esta conmovedora carta de dimisión:

"Al final de mi encargo como Superiora General consigno y depongo mi oficio, con el sello de la Congregación.

Pido perdón a Dios, a los superiores y a todas ustedes, mis queridas hermanas, por todas mis omisiones y transgresiones durante los 40 años de mi servicio y oficio de Superiora General, como también si he afligido -con la intención de corregirlas- a alguna de ustedes; si lo hice, fue por haberlas amado mucho.

Agradezco a la infinita Bondad de Dios, que me sostenía con su gracia y misericordia. Agradezco a las Reverendas Hermanas, que me han ayudado en el servicio.

Ahora, mis queridas hermanas y amadísimas hijas, les ruego encarecidamente que no me consideren entre las candidatas al oficio de Superiora General debido a mi parálisis y porque quisiera consagrarme más a la vida interior.

Estoy segura del amor de ustedes por mí; sé que unánimemente quieren elegir nuevamente a su madre. Yo les agradezco, hijas mías, por este amor y confianza en su madre espiritual, pero nuevamente les ruego que no me consideren en ningún caso como candidata, porque mi renuncia ya fue aceptada por la santa Iglesia".

Ante semejante comportamiento sostenido en aquel momento solemne por Madre María, grande fue la conmoción general. Y esta vez fueron las hermanas quienes tuvieron que inclinar la cabeza.

Una vez dejado el encargo, Madre María quiso ser una hermana más, siguiendo la vida comunitaria, y así se comportó con gran humildad hasta el final.

Respondía las cartas de argumento espiritual que sus hijas le escribían, firmándose: "Su madre espiritual".

En los últimos cinco años soportó la penosa enfermedad uniendo sus dolores a los de Jesús crucificado, para ofrecerlos generosa y conscientemente al Eterno Padre por las necesidades de la Iglesia, por la santificación de sus hijas espirituales, por la expiación de sus pecados y de los de todo el mundo.

El 1° de julio de 1966, Madre María se sintió mal. Una broncopulmonitis aguda y una insuficiencia cardio-respiratoria agravaron un cuadro clínico que ya desde hacía tiempo estaba comprometido a causa de la diabetes y de la hipertensión arterial. Una fiebre muy alta le consumaba sus últimas fuerzas físicas, pero su espíritu velaba, esperando la llamada del Señor.

Su rostro estaba sereno, haciendo aparecer la paz interior: desde hace un tiempo se preparaba, aún más, deseaba la muerte corporal, para volver al seno del Padre.

Al día siguiente preguntó por su confesor, Padre Benedetto D'Orazio, quien le administró el Sacramento de los enfermos y le impartió la Bendición apostólica.

A las hermanas que la rodeaban les recomendó: "Recen, queridas hijas, en voz alta, para que yo pueda seguirlas y, despierta, acoger prontamente a mi Divino Esposo que viene. Pónganme el cirio encendido en las manos y el Contrato del alma con Dios" (pequeño libro de Don Carlos Borromeo, traducido por ella en croata).

Así, con un cirio encendido en la mano derecha, el Contrato del alma con Dios en la izquierda y el Crucifijo sobre el pecho, la pequeña María Petković abrazó a su Jesús.

Siempre había deseado morir en un día sábado, día dedicado a la Virgen Madre de Dios, y día en que había recibido por primera vez el cuerpo de su dilectísimo Hijo. También esta vez fue escuchada: eran las 16,20 horas del sábado 9 de julio de 1966.



XI

Durante la noche del 9 de julio se organizaron turnos de oración y al día siguiente más de 140 personas entre sacerdotes, religiosos y laicos fueron a rendir homenaje a los despojos mortales de Madre María de Jesús Crucificado.

Después de haber estado durante 24 horas en su propio lecho, el día 10 los restos mortales fueron llevado a una habitación contigua a la capilla, donde continuamente se celebraban misas de sufragio.

Llegaron muchísimos telegramas de Italia y del extranjero, de parte de todas las comunidades, de parientes de las hermanas, de conocidos y de muchos obispos y sacerdotes que habían estado en contacto con ella.

En esta ocasión se verificó un hecho singular: durante los tres días en que el cuerpo permaneció expuesto, antes de ser colocado en la urna, mostraba un aspecto natural, con el rostro sereno, como si durmiese tranquilamente. No aparecía ningún signo de rigidez, color violáceo, ni pérdida de calor corporal. ¡Y esto durante 72 horas!

Los restos mortales fueron depositados en el féretro, sin que emanase el mínimo mal olor, pese a la elevada temperatura de aquellos días de julio.

El 13 de julio, día de los funerales, antes de trasladar los restos a la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, la comunidad, al darle el último saludo, se recogió en oración. Tres religiosas, en representación de tres zonas geográficas -Italia, Croacia y Sudamérica donde la Congregación desarrolla su apostolado- en las tres lenguas diversas, expresaron su agradecimiento y le dieron el postrer saludo.

Después de los funerales siguió el rito de la sepultura en el cementerio del Verano, pero era tal la fama de santidad de Madre María y el deseo de sus hijas de tener con ellas los restos de su amada fundadora que, después de apenas tres años, se consiguió poder trasladarla a la capilla de la Casa General.

Después de 32 años de su muerte, los venerados despojos de la Sierva de Dios Madre María de Jesús Crúcificado volvieron definitivamente a su patria: el 17 de noviembre de 1998 la urna fue transportada en avión de Roma a Dubrovnik y el día 21 llegó a Blato, su país natal, en la isla de Korčula.

La acogida fue triunfal. El cortejo alcanzó los cuatro kilómetros. Estaban Mons. Želimir Puljić, obispo de Dubrovnik, Mons. Mariano Oblak, arzobispo emérito de Zadar, Mons. Milivoj Bolobanić, vicario general de la diócesis de Zadar, y una cuarentena de sacerdotes diocesanos y religiosos. Y también la Superiora General, Madre Berislava Žmak, la Provincial de la Provincia croata, Sor Adelina Franov, y la que le había sucedido primero como Superiora General, Sor Juliana Franulovic; enseguida, el Postulador de la Causa de Beatificación, Fr. Paolo Lombardo, ofm, las autoridades civiles del Gobierno croata y de las distintas regiones de Croacia. El benemérito alcalde de Blato, Sr. Branko Bačić y la Junta comunal en su totalidad, y tanta... tantísima gente.

Mons. Puljić concluyó su homilía, diciendo: "Amor a Dios y al prójimo ardía en el corazón de María y se transformaba en el fuego resplandeciente de la activa caridad cristiana con la que hizo cosas grandes y eficaces, que llegaron a ser y todavía representan un don milagroso de Dios a este país y al pueblo. Su testamento, que es un excelente testimonio de su generoso corazón, nos habla de las intenciones de la vida de esta pequeña María de Blato: una gran mujer de nuestro siglo".

¡Gloria a Dios!

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María de Jesús Crucificado nació en Blato (isla de Korčula, Croacia) el 10 de diciembre de 1892 en el seno de la acaudalada familia Petković.

Su llamada a servir al Señor en los enfermos, en los que sufren, en los pobres y en los marginados fue coronada el 4 de octubre de 1920, cuando vistió el hábito religioso junto con cinco jóvenes de Korčula, dando así origen a la Congregación de las Hijas de la Misericordia.

Imprimió a la nueva Congregación un carácter franciscano marcado por el ideal misionero, del que ella misma dio ejemplo prodigándose en el servicio a los últimos de la Iglesia latinoamericana. En treinta años desde la fundación había llevado a sus hermanas a varios países europeos y sudamericanos. En 1961 se retiró del gobierno de la Congregación, continuando su servicio en la oración y en el silencio.

Murió el 9 de julio de 1966 en la Casa General de Roma.

Fue beatificada el 6 de junio de 2003 por el Papa Juan Pablo II en Dubrovnik, Croacia

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